Cada tanto, el debate vuelve como un rayo de verano: el sistema electoral tucumano —con los acoples como corazón del engranaje— se convierte en tema central, se anuncian mesas de diálogo, se apilan borradores y, cuando llega la hora de tocar intereses reales, la reforma se achica o se congela.
En los últimos meses, el péndulo se aceleró por la presión opositora y el desembarco libertario en la discusión pública. La Libertad Avanza eligió el blanco perfecto: el “festival” de boletas y colectoras que vuelve caótica cada elección. El peronismo, en cambio, oscila entre admitir que el sistema “hay que mejorarlo” y plantarse en la defensa del régimen vigente, con un argumento repetido: el PJ gana “con cualquier boleta”.
Esa postura quedó sintetizada en el discurso del gobernador Osvaldo Jaldo ante la Legislatura, cuando pidió “dejar de demonizar” el sistema provincial y hasta se apoyó en un caso de laboratorio: la elección concurrente en Juan Bautista Alberdi (26 de octubre de 2025), donde se votó con Boleta Única para diputados nacionales y con boleta tradicional tucumana para cargos municipales. Jaldo sostuvo que los porcentajes fueron casi idénticos y que, si se cambia, el PJ igual competirá.
Pero detrás del tono institucional hay un dato político duro: los acoples no son sólo una forma de votar. Son un modo de ordenar el poder territorial, de repartir candidaturas, de contener internas sin romper el frente y de multiplicar “sellos” que, al final, traccionan para el mismo espacio.
Bochornos repetidos: cuando el cuarto oscuro se convierte en laberinto
El historial de escenas polémicas es largo y, por momentos, surrealista. En 2015, la elección provincial quedó marcada por denuncias de irregularidades, demoras, violencia en el interior y episodios extremos como quema de urnas. Los reportes periodísticos de aquellos comicios hablaron de cuartos oscuros con entre 100 y 150 boletas en promedio, filas interminables y tensión en escuelas donde faltaban boletas o se denunciaban maniobras.
Ese año, además, el sistema se mostró en su versión más explosiva: muchísimos candidatos para pocos cargos y una logística electoral al límite. La elección fue tan traumática que la propia Junta Electoral provincial elaboró luego un informe técnico donde reconoció que la proliferación de acoples “desbordó los márgenes de razonabilidad” y detalló consecuencias concretas: confusión del votante, debilitamiento de la representatividad, “sellos” creados para subirse al régimen y un control comicial cada vez más difícil.
En 2019, la postal se repitió con números que rozaron lo absurdo: se llegó a hablar de casi 2.000 boletas y más de 18.000 candidaturas para alrededor de 347 cargos. El sistema, lejos de ordenar, convirtió al cuarto oscuro en un laberinto y al conteo en una maratón.
En 2023, aunque hubo menos boletas que en 2019, el problema siguió intacto: en algunos municipios se advertía que el elector podía encontrarse con hasta 65 boletas distintas. Ese mismo año, el régimen mostró otra fragilidad: cuando la Corte Suprema suspendió la elección de gobernador y vice, Tucumán terminó forzada a frenar todo el comicio. La Junta Electoral argumentó que, por el entramado de acoples, era “materialmente imposible” separar categorías y reemplazar boletas a tiempo. El sistema que se defiende como “tradicional” se volvió, en la práctica, una trampa logística.
Proyectos, intentos y una verdad incómoda: el PJ se beneficia del sistema
Si algo no falta en Tucumán son iniciativas para reformar. Hay proyectos para limitar acoples, para endurecer la vida de los partidos y evitar los “sellos de goma”, para implementar boleta única de papel o boleta electrónica, para cambiar reglas de financiación y para modificar el rol del órgano electoral. En 2025, por ejemplo, se contabilizaban más de 30 iniciativas en danza en la Legislatura, con propuestas que iban desde poner un tope de cinco acoples hasta reducirlos a tres o incluso a uno solo, además de reformas a la normativa de partidos y cambios en el régimen electoral.
El problema no es la falta de papeles: es la falta de voluntad de meterse con lo que duele. Y lo que duele, en el interior profundo, es tocar el mecanismo que permite al oficialismo cerrar acuerdos con decenas de armados locales, sumar votos de múltiples listas y contener a caciques y jefaturas territoriales sin romper la boleta “madre”.
La propia discusión interna del peronismo lo expuso: en 2025 se admitía que las mayores resistencias estaban en zonas donde la política municipal vive de esa arquitectura de colectoras. Y cuando, a fines de ese año, se anunció un “consenso”, el horizonte volvió a achicarse: se habló de poner un tope a la cantidad de acoples, pero descartando —al menos para el corto plazo— un cambio de fondo como la boleta única, y sin eliminar el régimen.
En paralelo, desde organizaciones civiles y documentos de diagnóstico institucional se subrayó un punto clave: el sistema no sólo complica el acto de votar; también distorsiona la traducción de votos en bancas. Un estudio citado en esos trabajos indica que la fuerza ganadora suele obtener en la Legislatura un porcentaje de representación superior al porcentaje de votos, un sesgo que tiende a favorecer al oficialismo y a castigar a la oposición.
Ahí aparece la verdad incómoda que explica por qué el PJ se aferra. Con acoples, el peronismo puede:
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multiplicar boletas aliadas en el cuarto oscuro y “ocupar espacio”;
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canalizar internas dentro del mismo paraguas sin romper el frente;
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apoyarse en estructuras municipales que negocian candidaturas a cambio de tracción;
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y, en muchos casos, traducir ese armado en mayorías legislativas más holgadas que su caudal de votos.
Por eso, cada vez que la reforma se acerca a una cirugía mayor, el sistema se defiende con una frase conocida: “si lo quieren cambiar, cambiémoslo…”. Pero la historia tucumana muestra que, hasta ahora, el cambio profundo casi nunca pasa de la puerta del recinto.
