Hace dos años, desde la propia Municipalidad cuando recién asumía Rossana Chahla en la Intendencia, se anunciaba con bombos y platillos que los “lomos de burro” tenían los días contados: que eran “agresivos”, que dañaban tren delantero y cubiertas, y que estaban “puestos en cualquier lado”. La frase que quedó flotando fue tajante: “Se va a sacar todo”.
Hoy, con Rossana Chahla aún en la Intendencia, el mensaje oficial pegó un volantazo: vuelven los reductores de velocidad y, en una primera etapa, se instalarán en 22 cuadras de San Miguel de Tucumán. Si el lomo era el problema, la pregunta es obvia: ¿qué cambió, la ciudad o los “burros” que deciden?
22 cuadras, un “estudio técnico” y el argumento de la seguridad vial
El Municipio justificó el retorno de los reductores con un enfoque de prevención de siniestros: habló de “puntos críticos”, cercanía a escuelas, plazas, zonas de congestión y un relevamiento técnico sobre lugares con reiteración de choques.
La explicación la puso en voz el secretario de Movilidad Urbana, Benjamín Nieva, quien pidió a los vecinos que “reduzcan la velocidad” y defendió la política como una decisión de Estado. Según se comunicó, los elementos colocados son de polipropileno, de 50 milímetros de altura y con componentes reflectivos.
El detalle no menor: en el listado difundido aparecen 22 cuadras, pero una de ellas se repite tal cual (Pasaje Benito Lynch, entre Alfredo Guzmán y Boyacá), un símbolo perfecto de esta película municipal: lo que se repite, vuelve.
La gestión Chahla, otra vez en zigzag: más molestias y menos planificación
El problema no es discutir si hay que calmar el tránsito: nadie quiere más víctimas viales. El problema es la coherencia de gestión. En 2024, desde Obras Públicas (con Luis Lobo Chaklián como vocero del plan de Chahla) se prometía retirar todos los lomos y reemplazarlos —solo donde hiciera falta— por dispositivos “menos agresivos”. En 2026, la misma Municipalidad anuncia que los reductores vuelven.
En el medio quedan los vecinos: primero escucharon que se terminaba el golpe al auto; después, que el golpe vuelve pero “con reflectivos”. Y quedan también las dudas de siempre: ¿por qué no se planificó una política estable de seguridad vial desde el inicio?, ¿cuánto costó sacar lo que ahora se vuelve a poner?, ¿y cuánto cuesta, además, el desgaste de credibilidad cuando el municipio cambia de idea como si cambiara de carril sin guiño?
En una ciudad donde el tránsito es un dolor de cabeza diario, el lomo de burro terminó siendo una metáfora de época: no se sabe si estorba, si ordena, o si simplemente evidencia a los “burros” que toman decisiones y después las desandan.
