En San Miguel de Tucumán hay una frontera que no figura en los mapas, pero que los vecinos conocen de memoria: de avenida Roca hacia el sur, la ciudad cambia de textura. Las calles se rompen, las veredas desaparecen, los desagües colapsan, los canales se tapan, las cloacas rebalsan y cada tormenta vuelve a desnudar una realidad que la gestión municipal de Rossana Chahla no logró revertir.
La zona sur de la Capital no reclama privilegios. Reclama presencia. Reclama planificación. Reclama controles. Reclama que el Estado llegue antes de la tragedia y no sólo después, con comunicados, operativos de emergencia y promesas de obras. Porque allí, donde viven miles de tucumanos, la lluvia no es apenas un fenómeno climático: es una amenaza concreta.
Una tragedia que no puede quedar reducida a una “fatalidad”
La muerte de Lisandro, un niño de 12 años de Villa Angelina que falleció electrocutado durante el temporal de abril, marcó un punto de quiebre. No fue una escena abstracta ni una estadística más dentro de una tormenta fuerte. Fue un chico que perdió la vida en una calle anegada, en una zona donde los vecinos venían denunciando precariedad, falta de controles, conexiones irregulares y abandono urbano.
Según los testimonios recogidos en el barrio, el niño habría recibido una descarga eléctrica en un sector donde se instala una feria americana y donde, de acuerdo con los relatos vecinales, se habrían utilizado conexiones precarias para tomar electricidad del alumbrado público. La investigación deberá determinar responsabilidades, pero hay una pregunta política que no puede esperar el cierre de un expediente: ¿quién controla lo que ocurre en el espacio público?
La propia intendenta reconoció que durante aquel temporal cayeron alrededor de 110 milímetros de lluvia y que los barrios del sur fueron de los más castigados. También admitió que “falta muchísimo” en materia de obras. Esa frase resume el problema: en la zona sur falta muchísimo, pero hace años que falta. Y la gestión municipal actual, que lleva más de dos años al frente de la Capital, ya no puede explicar todo como herencia, emergencia climática o responsabilidad individual de los vecinos.
Calles bajo el agua, cloacas desbordadas y barrios que esperan
Villa Angelina, Crucero Belgrano, Alejandro Heredia, San Ramón Nonato, Ampliación Federal, 2 de Abril, Nueva Esperanza y 360 Viviendas forman parte de una geografía repetida de la emergencia. Cuando llueve fuerte, el agua no escurre: se acumula. Entra a las casas, corta calles, arrastra basura, mezcla líquidos cloacales y deja a familias enteras atrapadas en sus propios barrios.
El sudeste de San Miguel de Tucumán es una de las zonas más bajas del área metropolitana. Esa condición natural exige más infraestructura, no menos. Exige canales limpios, desagües sostenidos, alcantarillas con capacidad suficiente, calles niveladas, erradicación de microbasurales y controles permanentes. Sin embargo, durante años, la respuesta estatal llegó de manera fragmentada, tarde y muchas veces sólo después de cada temporal.
La Municipalidad difundió operativos en los seis barrios más afectados por las lluvias: asistencia sanitaria, limpieza, fumigación, entrega de repelentes, medicamentos, desagote de pozos, colocación de contenedores y tareas para recuperar la transitabilidad. Todo eso es necesario, pero no alcanza. La asistencia posterior no reemplaza a la obra estructural. El camión, la cuadrilla y la foto no solucionan el problema de fondo si cada tormenta vuelve a dejar el mismo mapa de calles inundadas.
El sur también existe
El abandono no se mide sólo por el agua que queda estancada. También se mide por la enfermedad. El brote de chikungunya volvió a mostrar que los barrios del sur pagan un costo más alto por el desorden urbano. En Villa Angelina y Crucero Belgrano, vecinos relataron cuadros incapacitantes, dolores insoportables y semanas enteras sin poder caminar con normalidad. Los especialistas advirtieron que el avance de enfermedades transmitidas por mosquitos no se explica sólo por el clima: también intervienen la basura acumulada, los recipientes con agua, los microbasurales, la falta de drenaje y la precariedad de las condiciones de vida.
El mosquito no inventa la desigualdad: la encuentra. Encuentra patios con agua acumulada, canales tapados, calles rotas, baldíos sucios y familias que tienen otras urgencias antes que pensar en la prevención. En los barrios donde falta infraestructura, también se enferma más. Y cuando el Estado municipal llega tarde, la vulnerabilidad se multiplica.
Por eso, la zona sur no necesita discursos compasivos. Necesita una política sostenida. Necesita presupuesto, controles, obras y presencia diaria. Necesita que el municipio deje de actuar como si la ciudad terminara en la avenida Roca. Necesita que la planificación urbana mire hacia abajo, hacia esos barrios que siempre aparecen en las crónicas del desastre y casi nunca en las prioridades de gestión.
Chahla construyó buena parte de su discurso público sobre la cercanía, la gestión territorial y la respuesta rápida. Pero en el sur de la Capital la vara es otra: no alcanza con estar después de la lluvia; hay que estar antes. No alcanza con lamentar una muerte; hay que impedir que las condiciones que la hicieron posible sigan intactas. No alcanza con pedirle a la gente que no salga durante una tormenta; hay que garantizar que una calle inundada no se convierta en una trampa mortal.
“El sur también existe” no debe ser una consigna decorativa. Es un recordatorio incómodo para el poder municipal. Existe cuando llueve. Existe cuando se inunda. Existe cuando un niño muere electrocutado. Existe cuando el chikungunya paraliza familias enteras. Existe cuando los vecinos dicen que de la Roca al centro se hacen obras y hacia el sur sólo llegan promesas.
La gestión Chahla todavía está a tiempo de cambiar esa postal. Pero para hacerlo debe dejar de tratar a la zona sur como periferia administrativa y asumirla como parte central de la ciudad. Porque una Capital no se mide por sus plazas remodeladas ni por sus actos oficiales. Se mide, sobre todo, por cómo viven quienes están más lejos del centro y más cerca del agua.
