Política

Jaldo y Chahla: una convivencia obligada, atravesada por la sospecha de traición

Osvaldo Jaldo y Rossana Chahla conviven en el mismo esquema de poder, se muestran juntos cuando la agenda lo exige y repiten en público la palabra “gestión”. Pero hacia adentro del oficialismo tucumano nadie ignora que la relación entre el gobernador y la intendenta capitalina está marcada por una desconfianza persistente. No hay ruptura. Tampoco hay confianza plena. Hay una tregua práctica, sostenida por conveniencia política, necesidades administrativas y cálculo electoral.

En la superficie, ambos comparten actos, reuniones y anuncios. Casa de Gobierno necesita exhibir control sobre la Capital, el distrito más pesado de la provincia. La Municipalidad necesita recursos, obras, respaldo político y una relación aceitada con la Provincia para sostener una gestión exigida por los problemas urbanos. Pero por debajo de esa convivencia institucional se mueve una pregunta que incomoda al jaldismo: ¿hasta dónde jugará Chahla con Jaldo cuando empiece de verdad la pelea por 2027?

En el entorno del gobernador admiten que el vínculo tiene vaivenes. La intendenta ratifica públicamente su pertenencia al proyecto provincial, pero alrededor suyo circulan versiones, gestos y movimientos que el jaldismo mira con lupa. En la Casa de Gobierno no la dan por enemiga, pero tampoco por propia sin condiciones. La ven como una dirigente con volumen propio, con ambición, con estructura en la Capital y con margen para tomar otro rumbo si el clima político cambia.

Fotos compartidas, confianza administrada

La política tucumana entró en modo 2027 mucho antes de que empiece formalmente la campaña. El Mundial aparece como una especie de pausa simbólica: muchos dirigentes miran el torneo, pero piensan en el día después. En ese tablero, Jaldo busca marcar los tiempos, evitar que lo apuren y mantener bajo control al peronismo oficialista, al antimileísmo interno y a los sectores que todavía orbitan alrededor del ex manzurismo.

Su prioridad es clara: preservar la centralidad de la gestión y no dejar que la rosca electoral le desordene el Gobierno. Cerca suyo repiten que no se dejará correr por los ansiosos, que las definiciones se tomarán cuando el contexto nacional esté más claro y que el PJ tucumano deberá esperar. Esa idea de conducción paciente convive con un rasgo conocido del tranqueño: la desconfianza.

Jaldo no suele regalar poder. Menos aún en un escenario donde La Libertad Avanza, con Lisandro Catalán como figura de referencia, aparece como el adversario principal para el oficialismo provincial. Por eso, el gobernador no sólo mira a la oposición. También mide a los propios. Y entre los propios, la Capital ocupa un lugar central.

Chahla es, al mismo tiempo, una socia necesaria y una posible amenaza. Necesaria porque gobierna San Miguel de Tucumán, donde se concentra buena parte del peso electoral de la provincia. Amenaza porque cualquier autonomía capitalina puede transformarse en problema si el jaldismo siente que la intendenta empieza a construir para sí misma antes que para el proyecto provincial.

La Capital como territorio de prueba

El punto más sensible es San Miguel de Tucumán. Allí no sólo se juega la gestión municipal; también se mide la fidelidad política. En el entorno del gobernador ya hablan de un tiempo para observar comportamientos, alianzas, silencios y movimientos en la Capital. No se trata únicamente de quién controla la Municipalidad. Se trata de quién ordena el peronismo capitalino, quién junta dirigentes, quién arma territorio y quién puede condicionar la boleta de 2027.

Chahla llegó a la Intendencia con una base política propia, pero también con el respaldo de un oficialismo provincial que necesitaba recuperar el municipio después de años de predominio alfarista. Esa convivencia con el jaldismo nunca fue sencilla. La intendenta no es una figura decorativa ni una administradora sin ambiciones. Construye, comunica, recorre, se muestra y busca instalar una marca personal. Eso, en la lógica de Jaldo, puede ser virtud mientras sume al proyecto; pero se vuelve riesgo si empieza a sonar como proyecto paralelo.

A esa tensión se le agrega un factor que irrita al entorno de Chahla: el lugar que tomó el alfarismo dentro del oficialismo provincial. La incorporación de Germán Alfaro y su espacio al armado jaldista generó ruido interno. Para el gobernador, sumar alfarismo puede ser una jugada útil para ampliar la base de sustentación y fortalecer la pelea contra los libertarios. Para la intendenta, en cambio, ese acercamiento tiene otro sabor: el de un antiguo adversario de la Capital sentado ahora demasiado cerca de la mesa provincial.

Allí aparece una de las claves de la desconfianza cruzada. Jaldo sospecha que Chahla puede desmarcarse si se siente acorralada o subestimada. Chahla, a su vez, no confía del todo en un jaldismo que coquetea con sectores que fueron sus rivales directos. Los dos se necesitan, pero los dos se cuidan. Los dos se muestran, pero los dos cuentan porotos en silencio.

El fantasma de la traición

En política, la traición rara vez aparece de golpe. Primero asoma como rumor, después como distancia, luego como gesto y finalmente como decisión. En el jaldismo temen ese recorrido. No porque Chahla haya roto, sino porque la consideran capaz de construir una salida propia si interpreta que Jaldo pretende disciplinarla demasiado o limitar su juego hacia 2027.

Por eso la palabra “lealtad” empieza a circular con otro peso. No alcanza con acompañar actos ni con firmar comunicados. En el entorno del gobernador quieren señales concretas: alineamiento territorial, respaldo sin ambigüedades, contención del peronismo capitalino y ausencia de movimientos que puedan leerse como una candidatura paralela o como una negociación por fuera de la conducción provincial.

Chahla también tiene sus motivos para desconfiar. Sabe que Jaldo irá por la reelección, que Miguel Acevedo aparece firme en la fórmula y que las decisiones centrales se tomarán en Casa de Gobierno. Sabe, además, que el gobernador prioriza a los ejecutivos y que no parece dispuesto a entregar lugares por presión de dirigentes sin votos propios. En ese esquema, la intendenta necesita cuidar su volumen político para no quedar reducida a una pieza más del tablero.

La convivencia seguirá. A ninguno de los dos le conviene romper ahora. Jaldo necesita una Capital ordenada para enfrentar a La Libertad Avanza y evitar que el peronismo se fragmente antes de tiempo. Chahla necesita respaldo provincial para sostener su gestión en una ciudad con reclamos acumulados, problemas sociales, déficit urbano y críticas crecientes. Pero la alianza funciona bajo vigilancia permanente.

El desafío para el oficialismo es que esa desconfianza no se transforme en profecía autocumplida. Si Jaldo trata a Chahla como una potencial traidora, puede empujarla a buscar autonomía. Si Chahla juega demasiado al límite, puede confirmar los peores temores del gobernador. En el medio queda el peronismo tucumano, obligado a mostrar unidad mientras sus principales figuras se miden, se observan y se reservan cartas.

Por ahora, Jaldo y Chahla conviven. Pero la convivencia no es sinónimo de confianza. Es apenas una tregua en una guerra fría que ya empezó a ordenar la política tucumana rumbo a 2027.

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