San Miguel de Tucumán quedó otra vez frente a un espejo incómodo. El primer Índice de Ciudades Argentinas 2026, elaborado por la consultora Enclave, ubicó a la Capital tucumana en el puesto 38 sobre 43 ciudades evaluadas, con apenas 39 puntos sobre 100. Es decir: en el fondo de la tabla nacional, lejos de las ciudades mejor posicionadas y apenas por encima de Corrientes, Zárate, Resistencia, Formosa y Lomas de Zamora.
El dato duele más porque no se trata de una medición aislada ni de una encuesta de percepción. El índice relevó 17 indicadores, 26 variables y 170 fuentes públicas y privadas para medir desempeño económico, cohesión social y calidad del hábitat urbano. En esa foto nacional, San Miguel de Tucumán aparece con una calificación que obliga a discutir algo más profundo que la estética de la gestión municipal: cómo se vive realmente en la ciudad.
La intendenta Rossana Chahla puede mostrar actividades, operativos, recorridas, reels, videos y presencia en redes. Pero una ciudad no se gobierna sólo con TikTok. La calidad de vida no se mide por la cantidad de publicaciones, sino por el acceso al agua, la formalidad urbana, la seguridad, la infraestructura, el espacio público, la conectividad, los servicios y la capacidad del municipio para ordenar el territorio.
Un aplazo en el indicador más sensible
El punto más grave para San Miguel de Tucumán aparece en cohesión social. Allí la Capital obtuvo cero puntos. No un puntaje bajo: cero. Ese indicador mide dos cuestiones básicas para cualquier ciudad que aspire a ser habitable: acceso al agua potable e informalidad urbana, es decir, el peso de los barrios populares y asentamientos dentro del entramado urbano.
San Miguel comparte ese último escalón con Corrientes, Concordia, Formosa, Bariloche, La Plata, Resistencia y Zárate. Mientras 15 ciudades del país alcanzaron el puntaje máximo en ese rubro, la capital tucumana quedó en el peor lote posible. La conclusión es contundente: detrás de las promesas de modernización, la ciudad sigue arrastrando déficits estructurales en servicios esenciales y desigualdad territorial.
La comparación también deja mal parada a la gestión local. Bahía Blanca lideró el ranking general con 68 puntos. Córdoba obtuvo 66; Mendoza, 65; CABA, 63; Rosario, 61; Santa Fe y Godoy Cruz, 59. Incluso capitales del Norte Grande, como Salta, Jujuy, Catamarca y Santiago del Estero, quedaron mejor ubicadas que San Miguel de Tucumán. La Capital tucumana no está discutiendo el podio: está peleando para no caer más abajo.
Una ciudad partida entre el centro visible y la periferia postergada
El índice pone números a algo que los vecinos ya conocen. San Miguel de Tucumán es una ciudad profundamente desigual. Hay zonas donde la gestión busca mostrar orden, iluminación, eventos, actividades culturales y presencia institucional. Pero hay otra ciudad, mucho más silenciosa y menos fotografiable, donde los problemas son cotidianos: calles destruidas, microbasurales, falta de drenaje, canales saturados, barrios que se inundan y familias que viven con servicios deficientes.
Ese contraste golpea especialmente en el sur y el este de la Capital, donde cada lluvia fuerte vuelve a exhibir la fragilidad urbana. Allí, la falta de planificación no es una discusión técnica: es agua dentro de las casas, calles intransitables, enfermedades transmitidas por mosquitos, conexiones precarias y vecinos que sienten que el municipio llega tarde.
Por eso el cero en cohesión social no puede leerse como un dato frío. Es una advertencia política. Habla de una ciudad donde la integración urbana sigue fallando. Habla de barrios populares que no pueden ser tratados como una postal inevitable de la pobreza. Habla de una Municipalidad que debe rendir cuentas sobre cómo distribuye sus recursos, qué obras prioriza y qué sectores quedan siempre al final de la fila.
No alcanza con comunicar: hay que gobernar la ciudad real
Chahla hizo de la comunicación una parte central de su estilo de gestión. Camina, graba, sube videos, responde, muestra operativos y busca instalar la idea de una intendenta activa. Pero el ranking nacional le marca un límite: la visibilidad no reemplaza a los resultados. La presencia digital no sustituye al acceso al agua. Un video prolijo no tapa un barrio sin infraestructura. Un reel no resuelve la informalidad urbana.
El problema no es que la intendenta comunique. Todo gobierno comunica. El problema aparece cuando la comunicación parece ir más rápido que las soluciones. Cuando la gestión se muestra dinámica en redes, pero la ciudad queda estancada en indicadores básicos. Cuando el relato oficial habla de transformación, pero una medición nacional ubica a San Miguel entre las peores ciudades del país.
El Índice de Ciudades Argentinas no evalúa únicamente a Chahla ni agota el diagnóstico sobre la Capital. San Miguel carga con décadas de crecimiento desordenado, falta de inversión, desigualdad y abandono de infraestructura. Pero la actual gestión ya no puede limitarse a señalar herencias. Está al frente del municipio y tiene la obligación de mostrar mejoras concretas, medibles y sostenidas.
La próxima actualización del índice será semestral. Esa periodicidad abre una oportunidad y, al mismo tiempo, una presión. San Miguel de Tucumán podrá mejorar o seguir hundida en el fondo. Para salir de allí no alcanzarán campañas de cercanía, frases de ocasión ni videos virales. Harán falta obras, planificación, control territorial, servicios básicos y una política urbana que mire más allá del centro.
Porque la ciudad no se gobierna para la cámara. Se gobierna para quienes la habitan. Y hoy, según el ranking, San Miguel de Tucumán está demasiado abajo como para conformarse con likes.
