La interna del peronismo tucumano salió otra vez a la superficie y esta vez con nombres, reproches y posiciones más definidas. Pablo Yedlin ya no habla como un disidente aislado, sino como vocero de un sector que quiere plantarse frente a Osvaldo Jaldo y, al mismo tiempo, diferenciarse con claridad de Javier Milei. De un lado empiezan a ordenarse Yedlin, Juan Manzur y Carlos Cisneros. Del otro, Jaldo, que sigue controlando la botonera institucional y partidaria. En el medio queda Rossana Chahla, acaso el nombre más incómodo de ese tablero.
La novedad no es sólo que haya tensión. La novedad es que la discusión dejó de girar en torno a rumores y empezó a expresarse en voz alta. Cuando Yedlin dijo que Jaldo no cumplió con la unidad del PJ y advirtió que eso “no va a pasar dos veces”, lo que hizo fue dar por agotada una etapa de convivencia forzada dentro del justicialismo tucumano. Ya no se trata únicamente de diferencias tácticas: empieza a asomar una disputa por la representación política del peronismo en la era Milei.
Yedlin quiere encabezar el polo anti Milei y empuja una frontera interna
La declaración de Yedlin tiene dos planos. El primero es el pase de factura por el acuerdo incumplido en la última elección, cuando, según su versión, se había pactado que Javier Noguera integraría el bloque de Unión por la Patria y que el reparto de bancas respetaría ese entendimiento. Para el diputado, Jaldo no honró ese compromiso.
El segundo plano es más importante que el primero. Yedlin no sólo cuestionó al gobernador: también dejó en claro que quiere ser interlocutor obligado de cualquier rearmado del peronismo opositor a Milei. Cuando dice que el diálogo con Jaldo, si existe, debe ser con él, está avisando que pretende conducir ese espacio y ya no limitarse a ser una voz parlamentaria.
Ese movimiento lo acerca de manera natural al universo político que integran Manzur y Cisneros. No porque todos digan exactamente lo mismo, sino porque comparten un diagnóstico: el peronismo tucumano no puede seguir en una zona gris frente a la Casa Rosada. Allí está el verdadero nudo. Yedlin empuja una identidad más nítida, más confrontativa con Milei y menos tolerante con los acuerdos del jaldismo con la Nación.
Jaldo conserva el mando, pero la unidad dejó de ser un paraguas suficiente
Del lado del gobernador, la lógica sigue siendo distinta. Jaldo no piensa la unidad como síntesis entre sectores, sino como orden detrás de una conducción. Ya lo había dejado claro en 2025, cuando relativizó el encuentro entre Chahla y Manzur, habló de unidad, pero puso una condición central: quienes ocupan bancas deben acompañar al gobernador y no oponerse a todo.
Esa definición explica por qué la distancia con Yedlin, Manzur y Cisneros no es nueva, aunque ahora se haya vuelto más visible. Jaldo viene construyendo su autoridad sobre un criterio concreto: respaldo institucional, disciplina legislativa y prioridad para la gestión provincial, incluso cuando eso implique acuerdos con Milei o con sus operadores en el Congreso.
Por eso, cuando el gobernador cuestionó a los legisladores kirchneristas tucumanos por “calentar butacas” y elogió a su bloque propio por defender a la provincia, ya estaba trazando una frontera interna. El mensaje era claro: dentro del PJ hay lugar para el que acompañe una estrategia de poder provincial; para el que quiera usar el partido como plataforma de oposición nacional, la relación será otra.
Chahla no se va con Yedlin, pero tampoco rompe con Manzur
En ese contexto, la posición de Rossana Chahla es la más delicada. Porque tiene vínculos políticos e históricos con Manzur, pero hoy su supervivencia institucional y su proyección dependen en gran parte del entendimiento con Jaldo. Y hasta ahora, cada vez que tuvo que definir públicamente una línea, eligió no romper con ninguno, aunque en los hechos se mostró más cerca del gobernador.
Eso se vio con nitidez en 2025. Chahla recibió a Manzur en la Intendencia y cuidó esa relación. Pero después de ese encuentro dijo algo políticamente decisivo: que Jaldo y Manzur estaban de acuerdo con la unidad y que los candidatos debían ser definidos por “el conductor”, es decir, por Jaldo. Esa frase no fue neutral. Fue una señal de reconocimiento al liderazgo del gobernador dentro del peronismo tucumano.
Al mismo tiempo, la intendenta siguió mostrándose junto a Jaldo en la gestión y en la campaña, y todavía en marzo de 2026 volvió a exhibir sintonía institucional con la Casa de Gobierno, con el gobernador presente en la apertura de sesiones del Concejo capitalino. Incluso cuando se habló de turbulencias entre ambos, la escena pública siguió mostrando cooperación antes que ruptura.
Por eso, a la pregunta de de qué lado queda Chahla, la respuesta hoy es menos épica y más pragmática: no quedó alineada con el bloque Yedlin-Manzur-Cisneros contra Jaldo. Tampoco rompió con ese espacio. Lo que hace es ocupar una zona de bisagra, pero con una inclinación práctica hacia el gobernador. Necesita conservar el puente con Manzur porque forma parte de su historia política, pero no parece dispuesta a subirse a una interna frontal contra quien hoy concentra el poder real en Tucumán.
En otras palabras, mientras Yedlin eligió polarizar y Jaldo reafirma la conducción, Chahla juega a no ser arrastrada por ninguno de los dos extremos. El problema para ella es que esa centralidad ambigua sirve mientras la pelea no obligue a definiciones tajantes. Si la fractura del PJ sigue escalando, tarde o temprano la intendenta tendrá que hacer algo más que equilibrar gestos. Tendrá que elegir hasta dónde acompaña a Jaldo y hasta dónde preserva su pertenencia al viejo universo manzurista.
