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Una ley contra la violencia digital con más riesgos que certezas

El proyecto de “violencia digital” que impulsa Gerónimo Vargas Aignasse nació con un objetivo atendible: proteger a particulares frente a campañas de difamación, calumnias o ataques virales en redes sociales. Pero el problema aparece en el remedio elegido. La iniciativa propone una vía judicial de extrema urgencia para ordenar la eliminación, bloqueo o desindexación de contenidos en un plazo de hasta seis horas. Y allí está su principal punto flojo: una norma pensada para defender derechos puede terminar habilitando un mecanismo de silenciamiento exprés.

El plazo de seis horas debilita el derecho de defensa

El corazón del proyecto es también su mayor debilidad. Pretender que un juez resuelva en apenas seis horas si una publicación debe seguir circulando o ser removida implica reducir al mínimo el análisis del contexto, la veracidad, el interés público y la eventual defensa de quien publicó el contenido.

En materia de libertad de expresión, el apuro puede ser peligroso. Una publicación cuestionada puede ser falsa, pero también puede ser una denuncia legítima, una opinión áspera, una investigación en desarrollo o una crítica incómoda. Definir esa frontera en una ventana tan estrecha convierte al juez en un moderador de contenidos, con poder para sacar de circulación información antes de un debate judicial suficiente.

La iniciativa intenta mostrarse como una herramienta quirúrgica contra la mentira deliberada. Sin embargo, cuando el mecanismo permite retirar publicaciones de manera urgente, el riesgo no es menor: se puede castigar primero y discutir después. Ese esquema se parece demasiado a una forma indirecta de censura previa.

Conceptos ambiguos y una puerta abierta a abusos

Otro punto débil está en el lenguaje del proyecto. Expresiones como “contenido manifiestamente falso”, “injuriante”, “difamatorio” o “campaña de hostigamiento” pueden sonar claras en el discurso político, pero son difíciles de aplicar sin un análisis cuidadoso.

No toda acusación incómoda es una calumnia. No toda crítica dura es violencia digital. No todo escrache implica una mentira. Y no toda publicación que afecta la reputación de alguien debe ser borrada de internet.

El problema se agrava porque la norma alcanzaría redes sociales, plataformas digitales, portales web, diarios digitales, servicios de mensajería de difusión masiva y otros medios tecnológicos. Es decir, un universo enorme, cambiante y difícil de regular. En ese marco, una cautelar mal concedida podría hacer desaparecer no sólo una publicación problemática, sino también información de interés público.

La legislación no puede partir de la idea de que toda viralización dañina merece una respuesta de eliminación inmediata. El derecho al honor existe, pero también existen responsabilidades ulteriores, rectificaciones, indemnizaciones y acciones judiciales ya previstas. Crear una vía excepcional exige una justificación muy robusta, y el proyecto todavía no parece ofrecerla.

La exclusión de funcionarios no alcanza

Vargas Aignasse defendió la iniciativa remarcando que los funcionarios públicos quedarían excluidos del mecanismo. Esa aclaración busca desactivar la sospecha de que la ley pueda ser usada por el poder político para blindarse de críticas. Pero la exclusión, por sí sola, no resuelve el problema.

Las investigaciones periodísticas sobre funcionarios rara vez se limitan únicamente al funcionario. Suelen involucrar familiares, socios, contratistas, asesores, empresarios vinculados, punteros, intermediarios o personas del entorno político. Todos ellos podrían presentarse como particulares afectados y pedir la remoción de una publicación que, aunque los mencione, forme parte de una investigación de interés público.

Ese es el riesgo más serio: que el proyecto no censure directamente la crítica política, pero sí habilite una censura lateral. No hace falta que un gobernador, un legislador o un intendente pida borrar una nota. Puede bastar con que lo haga alguien de su círculo.

Por eso, la discusión no debería reducirse a si el proyecto protege o no a los políticos. La pregunta central es otra: si una ley permite retirar contenidos de manera urgente, con categorías discutibles y sin debate suficiente, ¿qué garantías reales tiene la ciudadanía de que no será usada para frenar denuncias, investigaciones o críticas legítimas?

La violencia digital es un problema real. Las campañas de difamación existen, destruyen reputaciones y pueden generar daños graves. Pero una mala ley también puede producir daños graves. Y en este caso, el proyecto parece priorizar la velocidad por encima de las garantías. Frente a la mentira no alcanza con una respuesta rápida: hace falta una respuesta constitucionalmente sólida.

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