Apenas una semana después del inicio del ciclo lectivo 2026, la provincia volvió a mostrar una postal conocida: escuelas anegadas, caminos rurales intransitables y clases alteradas en el interior. El Ministerio de Educación reconoció el 9 de marzo que más de 30 establecimientos tenían problemas de acceso, sobre todo en el sur y en el este tucumano; otros reportes periodísticos elevaron esa cifra a casi 40. La respuesta oficial fue reorganizar la actividad con clases virtuales y sostener la continuidad pedagógica como se pudiera.
La escena más contundente llegó desde Simoca. Un video viral mostró a docentes de la Escuela N° 94 “Arsenio Felipe Retes”, en El Pacará, avanzando entre el agua para poder llegar a dar clases, mientras una de ellas advertía sobre la posible presencia de víboras. La imagen fue impactante no sólo por el riesgo, sino porque resumió en pocos segundos el lugar que ocupa la educación pública rural cuando el clima golpea: seguir como sea, aun cuando el Estado no logra garantizar condiciones básicas de acceso.
El problema no empezó con estas lluvias
Lo ocurrido esta semana no apareció de la nada. En diciembre de 2025, el propio Gobierno provincial anunció un plan de reparaciones y mantenimiento para que los edificios escolares llegaran “en condiciones óptimas” a marzo. En esa misma planificación se admitió además que había cinco escuelas nuevas paralizadas por la caída de fondos nacionales. Tres meses después, el inicio de clases encontró otra vez a parte del sistema educativo lidiando con accesos destruidos, edificios frágiles y respuestas de emergencia.
El cuadro se agrava porque las lluvias se montan sobre problemas edilicios que ya venían abiertos. Esta misma semana, se mostró dos casos que funcionan como síntoma: la Escuela Zavaleta, cerrada desde 2022 por riesgo de derrumbe y todavía sin solución definitiva, y la Escuela Normal, donde padres denunciaron goteras, humedad, pisos dañados y presencia de roedores. Es decir, el temporal no golpeó a un sistema sólido: encontró a muchas comunidades educativas ya en estado de precariedad o de espera permanente.
Cuando llueve, la postergación educativa queda al desnudo
La continuidad pedagógica evita el corte total, pero no resuelve el fondo. La virtualidad puede servir por unos días, igual que el esfuerzo de directivos y docentes, pero no reemplaza caminos transitables, obras hídricas, mantenimiento escolar ni edificios seguros. En Tucumán, cada inundación vuelve a correr el mismo velo: la educación del interior sigue dependiendo de parches, improvisación y sacrificios individuales para sostener algo que debería estar garantizado por infraestructura y planificación pública.
Por eso, el golpe del agua sobre las escuelas no debería leerse como una contingencia aislada. Es, más bien, la confirmación de una relegación crónica. Porque cuando una docente cruza una zona anegada entre advertencias por víboras para llegar al aula, lo que está en crisis no es sólo un camino rural: es la jerarquía real que la provincia le da a la educación pública fuera de la Capital.
