Concejales de la oposición volvieron a poner sobre la mesa una postal que los vecinos conocen de memoria: calles destruidas, pozos que no son nuevos y una gestión municipal que sigue sin dar una respuesta de fondo. El dato que difundieron es demoledor: la enorme mayoría de los baches relevados en San Miguel de Tucumán no apareció en las últimas semanas, sino que arrastra meses e incluso más de un año sin solución.
El dato no es menor porque rompe el relato de la urgencia reciente y deja al descubierto un problema estructural que la administración de Rossana Chahla no logró resolver. Si casi todos los reclamos corresponden a pozos viejos, entonces ya no se puede hablar de contingencia ni de herencia inmediata: se trata de un deterioro persistente que siguió creciendo mientras el Municipio prometía orden, planificación y capacidad de respuesta.
La oposición, en ese marco, no sólo exhibe números: también le pone nombre político a un fracaso de gestión. Porque cuando la calle sigue rota durante meses, lo que queda roto también es la credibilidad oficial.
Los 180 días que no alcanzaron para tapar la realidad
La intendenta construyó buena parte de su narrativa pública alrededor de la idea de los “180 días”, ese plazo que se presentó como símbolo de eficacia, metas concretas y cambio visible para la ciudad. Sin embargo, el estado actual de las calles demuestra que aquella promesa quedó muy lejos de cumplirse en uno de los problemas que más golpean la vida cotidiana de los vecinos.
No se trata sólo de una discusión discursiva. Durante ese período, el propio municipio aseguró haber realizado un diagnóstico exhaustivo de la ciudad y haber avanzado en miles de intervenciones. Pero la foto que hoy muestran los concejales opositores va en sentido contrario: centenares de baches siguen activos, muchos de ellos fuera del casco céntrico, en barrios donde la sensación dominante es que la gestión llega tarde o directamente no llega.
Ahí aparece una de las críticas más fuertes. La administración municipal se mostró durante meses como una gestión de objetivos cumplidos, pero los vecinos siguen esquivando pozos en avenidas, calles internas y zonas de alta circulación. La promesa de transformación rápida quedó atrapada en el mismo pavimento roto que iba a reparar.
BachIA, entre la innovación de escritorio y la bronca en la calle
En medio de este cuadro, el lanzamiento de BachIA, la herramienta municipal con inteligencia artificial para detectar y geolocalizar baches, terminó generando más ruido político que alivio urbano. Sobre el papel, el sistema suena moderno: clasifica pozos, arma mapas de calor y ordena prioridades. En la práctica, para muchos vecinos suena casi a una provocación.
Porque la pregunta cae por su propio peso: ¿hacía falta una aplicación para descubrir lo que cualquier automovilista, motociclista o peatón padece todos los días? Cuando el 95% de los baches denunciados tiene meses o más de un año, la innovación tecnológica corre el riesgo de parecer una puesta en escena tardía antes que una solución real. Y allí es donde la oposición encuentra otro flanco para golpear: una gestión que comunica herramientas mientras no logra resolver lo básico.
Más que entusiasmo, BachIA despertó ironía. En una ciudad donde los pozos forman parte del paisaje urbano desde hace demasiado tiempo, la novedad tecnológica puede leerse menos como una muestra de eficiencia que como una burla involuntaria. El problema de la Capital no era detectar los baches: era taparlos, hacerlos bien y evitar que vuelvan a abrirse a la semana.
La discusión de fondo ya no pasa por el anuncio ni por el nombre marketinero del sistema. Pasa por la distancia entre lo que se promete y lo que vive el vecino. Y hoy, en ese contraste, la gestión de Rossana Chahla vuelve a quedar expuesta.
