Alejandro Molinuevo volvió a poner en palabras el principal problema que atraviesa la oposición tucumana: todos hablan de unidad, pero ninguno parece dispuesto a resignar su candidatura, su estructura o su protagonismo para alcanzarla.
El intendente de Concepción reclamó un diálogo “frontal y sincero” entre La Libertad Avanza, el radicalismo, el PRO, partidos provinciales y dirigentes provenientes del peronismo. También pidió evitar confrontaciones y tener la grandeza de acompañar a quien llegue mejor posicionado. El diagnóstico es preciso, pero al mismo tiempo revela que ese acuerdo todavía está lejos.
Lisandro Catalán se considera legitimado por la conducción nacional de La Libertad Avanza. Mariano Campero recorre la provincia con un proyecto propio. Pablo Macchiarola administra uno de los principales bastiones opositores. Molinuevo defiende su peso territorial en Concepción y tampoco descarta su reelección. Todos reclaman amplitud, pero cada sector imagina esa amplitud bajo su propia conducción.
Mientras la oposición discute quién encabezará, Osvaldo Jaldo ya fijó la fecha electoral, confirmó su intención de continuar en la Gobernación, ratificó a Miguel Acevedo como compañero de fórmula y comenzó a ordenar al oficialismo. Esa diferencia de tiempos puede terminar siendo decisiva.
Una oposición que todavía discute quién manda
Molinuevo sostuvo que la construcción de un frente opositor requiere reconocer quién se encuentra mejor preparado y respetar las realidades de cada espacio. La frase parece razonable, aunque esconde la discusión que nadie logró resolver: quién medirá esas condiciones y quién aceptará quedar relegado.
Dentro de La Libertad Avanza, Catalán cuenta con el respaldo formal del partido presidencial y ya se presenta como candidato a gobernador. Sin embargo, Campero conserva una estructura territorial propia y no muestra señales de abandonar su proyecto. Las diferencias entre ambos exceden una discusión de nombres: también involucran estilos de conducción, estrategias electorales y el control de las candidaturas municipales y legislativas.
El radicalismo tampoco aparece completamente ordenado. Existen dirigentes dispuestos a acercarse a los libertarios, otros que procuran preservar una identidad partidaria propia y sectores que todavía no definieron cuál será su posición cuando llegue el momento de conformar alianzas.
Molinuevo intenta ubicarse como articulador. Habla con Catalán, mantiene vínculos con dirigentes radicales y destaca su relación con Macchiarola. Sin embargo, reconoce que las formas utilizadas durante los últimos meses no ayudaron y que será necesario bajar el nivel de confrontación.
Esa admisión confirma que las conversaciones opositoras no parten de una hoja en blanco. Arrastran acusaciones, desconfianzas, disputas por espacios y candidaturas anticipadas. La unidad que todos presentan como indispensable continúa siendo, por ahora, apenas una expresión de deseos.
Jaldo observa esa fragmentación desde una posición cómoda. No necesita intervenir para dividir a sus adversarios porque ellos mismos se encargan de marcar sus diferencias y delimitar sus territorios.
Cada candidatura opositora suma para la cuenta de Jaldo
Una oposición dividida entre Catalán, Campero y otros espacios provinciales podría garantizarle al oficialismo una elección favorable, incluso sin necesidad de ampliar demasiado su base electoral.
El sistema político tucumano premia la estructura territorial, la capacidad de movilización y la presencia en municipios, comunas y circuitos electorales. En esos tres terrenos, el peronismo continúa mostrando una ventaja considerable.
Jaldo dispone además de intendentes, delegados comunales, legisladores y funcionarios que ya comenzaron a trabajar con el 9 de mayo como horizonte. La oposición, en cambio, todavía debate si llegará mediante una única alianza o con varias propuestas enfrentadas.
Cada candidatura que permanezca por fuera de un frente común dividirá el voto contrario al oficialismo. Los libertarios pueden captar a quienes respaldan al Gobierno nacional; Campero conserva influencia en Yerba Buena y busca extenderla hacia el interior; Molinuevo tiene peso propio en Concepción; y otros dirigentes intentarán defender sus distritos. Pero la suma de fortalezas locales no necesariamente se transforma en una alternativa provincial.
La paradoja es evidente: los opositores denuncian que el sistema de acoples beneficia al peronismo, pero podrían llegar a la elección reproduciendo políticamente aquello que cuestionan. En lugar de concentrar la oferta, multiplicarían las listas, los liderazgos y las candidaturas a gobernador.
Jaldo no necesita que sus adversarios lo respalden. Le alcanza con que compitan separados.
Por eso, cuando Molinuevo reclama sinceridad, consenso y generosidad, no formula una consigna protocolar. Advierte que, sin un acuerdo, la oposición corre el riesgo de volver a transformarse en una suma de proyectos municipales incapaces de disputar seriamente el poder provincial.
El tiempo también juega en favor del gobernador. Mientras el oficialismo ya tiene fórmula y cronograma, sus rivales deberán invertir los próximos meses en resolver internas, diseñar un mecanismo para elegir candidatos y distribuir lugares entre espacios que desconfían unos de otros.
Manzur, el adversario que puede lastimar desde adentro
La mayor amenaza para Jaldo no parece surgir, por ahora, de la oposición tradicional. Está dentro del universo peronista y tiene nombre propio: Juan Manzur.
El senador conoce la estructura del PJ, conserva relaciones con intendentes, legisladores, dirigentes territoriales y referentes de la Capital, y gobernó Tucumán durante dos períodos. También participa de una discusión que puede trasladarse al terreno judicial si decide cuestionar la posibilidad de que Jaldo vuelva a competir.
Manzur puede hacer algo que todavía no consiguió ningún opositor: disputar una parte del voto peronista desde adentro, hablarle a dirigentes que conocen el funcionamiento del oficialismo y erosionar la estructura territorial del gobernador.
Una candidatura manzurista por fuera del PJ podría resultar más incómoda para la Casa de Gobierno que una oferta opositora fragmentada. No necesariamente porque el senador parta como favorito, sino porque está en condiciones de dividir la maquinaria que constituye la principal fortaleza de Jaldo.
El desafío para Manzur será demostrar que conserva algo más que relaciones y memoria de poder. Necesitará candidatos, partidos, financiamiento, presencia territorial y dirigentes dispuestos a abandonar la seguridad del oficialismo para acompañarlo en una confrontación abierta.
Jaldo ya le envió un mensaje: si no hay unidad, habrá internas. La invitación busca obligar al exgobernador a disputar dentro de un partido controlado por la estructura oficial o asumir el costo de competir por afuera.
Así se configura una situación llamativa. Los dirigentes que se presentan públicamente como opositores todavía no consiguieron construir una alternativa común y, con su fragmentación, facilitan el camino electoral del gobernador. El rival más peligroso para Jaldo continúa siendo un dirigente surgido del mismo peronismo que lo llevó al poder.
Mientras Catalán, Campero, Molinuevo y el resto de los referentes opositores discuten cómo sentarse alrededor de una misma mesa, Manzur prepara una pelea diferente: no busca solamente reunir el voto contrario al Gobierno, sino romper el oficialismo desde adentro.
La oposición todavía puede modificar el escenario, pero deberá hacerlo antes de que la convocatoria electoral y las candidaturas propias conviertan las diferencias en irreversibles. Si llega dividida al 9 de mayo, no sólo habrá desperdiciado otra oportunidad. Habrá trabajado, involuntariamente, para la reelección de Jaldo.
