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Baja el agua, pero no la urgencia: en La Madrid la comida sigue sin alcanzar y la ayuda oficial vuelve a quedar bajo sospecha

Cuando el agua empezó a retroceder en La Madrid, no apareció el alivio, sino otra postal igual de dura: familias sacando barro de sus casas, vecinos tratando de recuperar algo de lo perdido y un reclamo que se repite por encima de cualquier discurso oficial. La comida no alcanza. En una de las localidades más castigadas por las inundaciones en Tucumán, los testimonios de los damnificados chocan de frente con el relato de un Estado que insiste en mostrar músculo asistencial, pero que no logra despejar la sensación de desamparo.

Los propios vecinos describen una asistencia insuficiente y desordenada. En medio de la reconstrucción precaria de sus hogares, sostienen que siguen faltando alimentos y que la demanda supera por mucho a lo que se reparte. También afloró la desconfianza sobre la distribución de donaciones, con cuestionamientos a la forma en que se centraliza la entrega de insumos en puestos controlados por fuerzas de seguridad. El problema, entonces, ya no es sólo la inundación: es lo que queda cuando el agua baja y la emergencia sigue adentro de las casas.

Rebeca Nahir Altamiranda tiene 16 años y vive en la ciudad afectada. Como muchas familias, la suya todavía intenta reconstruirse después del desastre. “Estamos muy mal. Tratando de limpiar y empezando de nuevo después de lo que pasó”, contó. En su casa, el agua dejó huellas difíciles de borrar: “Quedó llena de barro, todo dado vuelta. Es muy triste verlo así, porque sabemos lo que a mis papás les cuesta comprar nuestras cosas”.

La adolescente relató que, en los últimos días, muchas personas llegaron desde distintos lugares para colaborar con alimentos, viandas y artículos de limpieza. No obstante, indicó que existen dificultades para que esas donaciones lleguen directamente a los vecinos.

Según explicó, a quienes llegan a colaborar se les pide que entreguen los insumos en puestos instalados por las fuerzas de seguridad. “Les dicen que dejen todo en las carpas de la policía y que ellos lo van a distribuir”, señaló.

Esa situación genera desconfianza entre algunos donantes. “Las personas no quieren dejar las cosas ahí porque no saben si realmente van a llegar a nosotros”, agregó.

De acuerdo con su testimonio, la ayuda proviene mayormente de ciudadanos particulares. “Son vecinos y gente que quiere ayudar, incluso de otras provincias y de otros pueblos”.

Los millones que se anuncian y la necesidad que no desaparece
La contradicción se vuelve más incómoda cuando se la pone al lado de los números. El gobernador Osvaldo Jaldo aseguró el 1 de marzo de 2026 que Tucumán destinó más de $130.000 millones a políticas alimentarias durante 2025 y que la Tarjeta Alimentaria Independencia llega a más de 100.000 familias, con una inversión mensual superior a los $4.200 millones. A esa estructura se sumó una contratación directa habilitada el 25 de febrero por $1.247.131.500 para comprar mercaderías destinadas a asistir a familias afectadas por tormentas y anegamientos en la provincia.

Sin embargo, en La Madrid la escena real sigue siendo otra. Mientras el Ministerio de Desarrollo Social informó que relevó las 1.053 viviendas de la localidad y que continuaba con la entrega de mercadería, colchones, ropa, frazadas, agua y alimentos, los testimonios publicados en las últimas horas siguen marcando que la necesidad más urgente es comer. Esa distancia entre la magnitud de los anuncios y la experiencia concreta de los vecinos reabre una pregunta que el oficialismo no logra responder del todo: dónde está la ayuda de la que tanto se habla si, en el territorio, la comida todavía no alcanza.

La emergencia permanente y una deuda que ya no se puede tapar
Lo que ocurre en La Madrid también expone un problema más profundo que una asistencia puntual mal o bien ejecutada. La urgencia parece haberse convertido en sistema. La compra millonaria de alimentos por vía excepcional, las promesas de acompañamiento y los operativos contrarreloj vuelven a aparecer después de cada temporal, pero el reclamo estructural sigue siendo el mismo: faltan obras, faltan respuestas de fondo y sobra improvisación. Vecinos de la zona ya habían advertido en estas horas que las máquinas llegan, se muestran y se van, mientras la vulnerabilidad permanece intacta.

Por eso, cuando baja el agua, lo que queda al descubierto no es sólo el barro. Queda a la vista la fragilidad de un modelo que administra la emergencia, pero no resuelve sus causas. Y queda también una certeza incómoda para Jaldo y para los dirigentes oficialistas que exhiben cifras de contención social: ninguna inversión alcanza para ordenar el relato cuando la gente, en el lugar del desastre, sigue diciendo que no tiene qué poner en la mesa.

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