La campaña electoral tucumana todavía tiene varios meses por delante, pero la interna del peronismo provincial parece haber encontrado rápidamente su tono. No son, por ahora, las propuestas económicas, la seguridad, la educación, la salud, las obras públicas o el funcionamiento del Estado las que dominan la discusión. Son las descalificaciones.
El gobernador Osvaldo Jaldo calificó de “pollerudo” al senador Juan Manzur después de la fotografía que el ex gobernador difundió junto a Cristina Fernández de Kirchner. El encuentro había servido para que Manzur volviera a marcar diferencias con la relación que mantiene la administración provincial con el Gobierno nacional.
La respuesta no tardó demasiado. En distintos puntos de la Capital aparecieron pintadas con mensajes como “Siempre pollera, nunca peluca” y “Jaldo traidor”, en una referencia evidente al vínculo político que el gobernador mantiene con la administración de Javier Milei. Desde el manzurismo, además, Pablo Yedlin cuestionó los dichos de Jaldo y los calificó de despectivos y “machirulos”. Las pintadas contra el gobernador y el cuestionamiento a su acercamiento a la Casa Rosada fueron registrados este martes en distintos sectores de la ciudad.
El problema posiblemente no sea solamente la dureza de una interna. Las internas políticas pueden ser ásperas y las diferencias ideológicas son parte de cualquier democracia. Lo llamativo es que buena parte de la discusión parece haberse desplazado desde las políticas públicas hacia una competencia por determinar quién traicionó a quién y quién conserva mayores credenciales dentro del peronismo.
De la discusión política al agravio personal
“Pollerudo”. “Traidor”. “Machirulo”. “Peluca”.
Ese es, hasta aquí, parte del vocabulario que rodea una disputa por el poder provincial que desembocará en las elecciones del 9 de mayo de 2027. La fecha ya fue formalizada por el Poder Ejecutivo y la Junta Electoral Provincial estableció el cronograma correspondiente.
La contradicción es evidente: mientras Tucumán discute problemas estructurales que requerirían explicaciones mucho más complejas, sus principales dirigentes políticos intercambian acusaciones basadas en fotografías, lealtades personales y alineamientos nacionales.
La fotografía de Manzur con Cristina Kirchner puede tener indudablemente una lectura política. También la tiene el vínculo de Jaldo con el Gobierno nacional. Ambas son decisiones políticas y pueden ser discutidas.
Pero reducir esas decisiones a si uno es “pollerudo” o el otro “traidor” empobrece la posibilidad de discutir algo bastante más interesante: qué modelo de relación debería mantener Tucumán con el Gobierno nacional, qué obtiene la provincia a cambio de acompañar determinadas iniciativas nacionales y cuáles serían las consecuencias concretas de adoptar una posición más confrontativa.
Ese debate existe. Pero queda relegado cuando la discusión gira alrededor del agravio.
Una historia de alianzas que desmiente las purezas
Hay otro elemento que vuelve particular esta pelea: ninguno de sus protagonistas llegó ayer a la política tucumana.
Jaldo fue ministro del Interior durante la gobernación de José Alperovich, luego vicegobernador de Juan Manzur y, en 2023, candidato a gobernador por el Frente de Todos. En aquella campaña recibió incluso el respaldo explícito de dirigentes identificados con el kirchnerismo tucumano.
Por eso, presentar su actual relación con la administración libertaria como si toda su trayectoria política hubiera transcurrido desde ese lugar sería históricamente incorrecto. Jaldo integró durante años estructuras políticas vinculadas al peronismo nacional y provincial antes del acercamiento que hoy mantiene con el Gobierno de Milei.
Con Manzur ocurre algo parecido, aunque en sentido inverso.
Fue ministro de Salud durante la presidencia de Cristina Fernández de Kirchner y uno de los principales dirigentes del peronismo nacional. Pero cuando Mauricio Macri llegó a la Casa Rosada, su Gobierno provincial buscó inicialmente mantener una relación institucional y de cooperación con la Nación. En 2016 hubo una etapa caracterizada por el trabajo conjunto y los gestos de cordialidad; posteriormente, especialmente durante la campaña legislativa de 2017, la relación se deterioró y terminó en fuertes enfrentamientos políticos.
Decir simplemente que Manzur “apoyaba a Macri” sería entonces una simplificación. Pero también lo sería construir retrospectivamente la imagen de un dirigente que mantuvo siempre una posición de confrontación con el macrismo. Hubo cooperación, negociación y posteriormente enfrentamiento.
Pablo Yedlin tampoco es ajeno a esa larga historia del poder provincial. Fue ministro de Salud Pública durante la gobernación de José Alperovich, cargo que ejercía al menos desde 2010 y que mantuvo durante los últimos años de aquella administración. Documentación oficial de la Provincia lo identifica expresamente como integrante del gabinete alperovichista.
También Jaldo integró ese mismo gobierno como ministro del Interior. Juan Manzur fue vicegobernador de Alperovich antes de continuar su carrera política nacional y posteriormente sucederlo en la Gobernación.
Es decir: quienes hoy se reprochan acercamientos, fotografías, alianzas y supuestas traiciones compartieron durante largos períodos espacios políticos, gobiernos y estructuras partidarias.
No hay nada excepcional en eso. La política cambia, las alianzas se modifican y los contextos nacionales también. Lo discutible aparece cuando esa misma flexibilidad que cada dirigente reivindicó para sí en determinado momento se transforma luego en un argumento para cuestionar la legitimidad política del adversario.
Una campaña que mira demasiado hacia atrás
La disputa entre Jaldo y Manzur tiene una explicación concreta: el peronismo tucumano se encamina hacia una nueva competencia por el liderazgo provincial.
Manzur todavía no confirmó formalmente una candidatura a gobernador, aunque intensificó su actividad política y volvió a mostrar su alineamiento con sectores del peronismo nacional. Jaldo, mientras tanto, conduce el Gobierno provincial y reivindica una relación institucional y política de diálogo con la administración de Milei.
Son dos estrategias diferentes y perfectamente discutibles.
Precisamente por eso sorprende que el debate público pueda terminar reducido a una guerra de apodos.
Porque detrás de la palabra “traidor” debería existir una pregunta: ¿traición a qué política concreta?
Detrás de la acusación por acercarse a Milei debería discutirse qué decisiones nacionales acompañó el Gobierno provincial y qué consecuencias tuvieron para Tucumán.
Detrás de la fotografía de Manzur con Cristina Kirchner debería preguntarse qué proyecto político pretende representar ese acercamiento y qué diferencias concretas propone respecto de la administración provincial.
Y detrás de cada dirigente debería estar también su propia historia.
Jaldo fue parte del alperovichismo, compañero de fórmula de Manzur y candidato del Frente de Todos. Manzur fue funcionario del kirchnerismo, pero también buscó acuerdos institucionales con el macrismo cuando gobernaba Tucumán. Yedlin fue ministro de Alperovich antes de convertirse en uno de los referentes nacionales del espacio que hoy acompaña a Manzur.
No son acusaciones. Son trayectorias públicas.
Tal vez ahí esté uno de los problemas centrales de la política tucumana cuando comienza otra campaña electoral: la discusión sobre quién estuvo alguna vez con quién puede resultar mucho más sencilla que explicar qué piensa hacer cada uno con Tucumán a partir del 9 de mayo de 2027.
Y esa segunda discusión es bastante más importante que cualquier pintada.
