La respuesta más honesta a la pregunta que vuelve con cada temporal en Tucumán es incómoda: sí, los planes prelluvias funcionan, pero sólo hasta cierto punto. Sirven para amortiguar, desagotar, limpiar, encauzar y ganar tiempo. Lo que todavía no logran es resolver de fondo una crisis hídrica que combina lluvias cada vez más intensas, cuencas saturadas, obras inconclusas y una planificación que sigue corriendo detrás de la emergencia.
El anuncio del vicegobernador Miguel Acevedo de retomar el Plan Hídrico Estratégico Integral de Tucumán va en esa dirección. En el fondo, su mensaje admite algo que en la provincia ya quedó a la vista: el operativo de prevención estacional puede ser útil como respuesta táctica, pero no reemplaza una política hídrica de largo plazo.
Donde hubo obras, hubo alivio
Hay ejemplos concretos que muestran que el esquema preventivo puede dar resultados. En enero, el Gobierno provincial exhibió como caso testigo a Finca Mayo, en el este tucumano, donde el Canal del Este respondió a una lluvia de gran volumen sin que el agua ingresara a las viviendas. La intervención previa incluyó ensanche, profundización y limpieza del cauce. En otras palabras: donde hubo trabajo anticipado, el impacto se redujo.
En la capital pasa algo parecido, aunque en otra escala. La limpieza de canales, sifones, bocas de tormenta e imbornales permite sostener el escurrimiento urbano y evitar que la primera respuesta del sistema sea el colapso. Esa tarea no es menor. Sin mantenimiento, cualquier tormenta mediana se vuelve un problema mayor.
Pero también hay una lectura política detrás de esos resultados. Cuando el Gobierno muestra que una zona resistió mejor que otras, lo que queda en evidencia es que la obra puntual sí sirve. El problema aparece cuando esa eficacia localizada se pretende vender como solución general para una provincia que tiene conflictos distintos en la capital, en el pedemonte, en el este y sobre todo en el sur.
Marzo mostró el límite del operativo
Las inundaciones de marzo expusieron con crudeza ese techo. La Madrid volvió a quedar bajo presión por el desborde del río Marapa, mientras el agua acumulada en diques, ríos y banquinas, sumada a lluvias extraordinarias en Tucumán y provincias vecinas, agravó el cuadro. La provincia reaccionó con monitoreo, maquinaria pesada, asistencia y tareas de limpieza. Pero a esa altura la discusión ya no era preventiva, sino de emergencia.
Ahí aparece la principal debilidad del modelo actual: muchas veces el plan prelluvias actúa bien como contención local, pero no alcanza cuando el evento supera la capacidad de drenaje o cuando el problema excede a un canal, una defensa o una limpieza puntual. Marzo dejó ese dato sobre la mesa. Incluso en un territorio donde se venía trabajando desde hace años sobre puntos críticos, el volumen de agua y la saturación del suelo desbordaron la lógica de las intervenciones parciales.
Más aún: La Madrid no es un caso nuevo. Ya en 2022 se habían ejecutado trabajos sobre el río Marapa dentro del programa Pre Lluvia, con la promesa de atenuar y evitar inundaciones. Que cuatro años después el sur tucumano vuelva a ser epicentro del drama no invalida aquellas obras, pero sí muestra que no fueron suficientes para resolver un problema estructural.
Sin plan integral, todo vuelve a empezar
Por eso el anuncio de Acevedo tiene peso político. El Plan Hídrico Estratégico Integral elaborado entre 2017 y 2019 nació, justamente, después de otra gran crisis. Incluyó estudios de cuencas, lineamientos de ordenamiento y propuestas de intervención. Quedó archivado como diagnóstico valioso, pero no terminó de convertirse en hoja de ruta sostenida.
Retomarlo implica reconocer que Tucumán necesita algo más que máquinas trabajando antes del verano. Necesita una planificación por cuencas, obras jerarquizadas, articulación entre Provincia, municipios y comunas, y financiamiento que permita pasar del parche a la infraestructura de fondo. También necesita usar mejor el conocimiento técnico que ya produce. En los últimos días, incluso salió a la luz el caso de un ingeniero tucumano que desarrolló un sistema para prever zonas de riesgo de inundación y que hoy no forma parte de la planificación pública.
Ese punto es clave. La discusión no debería ser si el plan prelluvias sirve o no. Sirve. El verdadero problema es que Tucumán lo viene usando como si pudiera reemplazar lo que todavía no tiene: un sistema integral de anticipación, obras mayores y continuidad política. Mientras eso no ocurra, cada lluvia fuerte seguirá reabriendo la misma escena: limpieza, asistencia, promesas de reactivación y la sensación de que, una vez más, la provincia llegó tarde.
