La Municipalidad de San Miguel de Tucumán presentó BachIA como una nueva herramienta para detectar, geolocalizar y clasificar baches con inteligencia artificial. El anuncio buscó mostrar innovación, eficiencia y planificación, pero terminó exponiendo algo bastante más incómodo para la gestión de Rossana Chahla: que hace falta montar un operativo tecnológico para registrar un desastre vial que cualquier vecino detecta con solo salir de su casa.
Según la presentación oficial, el sistema funciona con una cámara colocada en un vehículo municipal, que capta pozos, desniveles, fisuras, tapas fuera de nivel y hasta acumulaciones de líquidos cloacales que deterioran el pavimento. Después, la herramienta clasifica la peligrosidad y arma un mapa de calor para priorizar intervenciones. Todo muy moderno, muy prolijo, muy del siglo XXI. El problema es que la ciudad hace rato que no necesita inteligencia artificial para saber dónde están los baches: necesita gestión, cuadrillas y resultados.
Porque si la novedad consiste en que ahora el Municipio podrá “detectar” lo que el vecino viene padeciendo todos los días, el anuncio no suena a avance sino a confesión. Confesión de atraso. Confesión de desconexión. Confesión de que el estado calamitoso de muchas calles no fue advertido por la administración hasta que una cámara y un software lo convirtieron en dato.
La calle ya había hablado, mucho antes que el algoritmo
La ironía se vuelve más evidente cuando se recuerda que, apenas unos días antes, ya se había lanzado en la capital una herramienta colaborativa para que los propios vecinos carguen fotos, ubicación y descripción de los pozos y calles destruidas. Es decir: mientras el Municipio celebraba una solución con IA para mirar la ciudad desde un móvil oficial, desde la oposición ya se había puesto en marcha una plataforma mucho más elemental y, a la vez, más directa: dejar que la gente mostrara en un mapa lo que vive a diario.
La diferencia política es brutal. De un lado, una gestión que presenta como innovación lo que en realidad revela una demora en ver lo evidente. Del otro, una herramienta participativa que parte de una premisa más simple y quizá más honesta: los baches no hay que descubrirlos, hay que escucharlos en boca de quienes revientan cubiertas, rompen trenes delanteros o se juegan la vida en una moto cada vez que cruzan una esquina anegada.
Incluso dentro del propio anuncio oficial apareció otro dato difícil de disimular: el funcionario a cargo recordó que el Municipio ya cuenta con una aplicación para que los ciudadanos denuncien problemas con foto y geolocalización. Entonces la pregunta cae por su propio peso: si ya existía un canal oficial para reportar baches, ¿qué falló para que la ciudad siga detonada? ¿La aplicación no alcanzó? ¿No se procesaron los reclamos? ¿No hubo respuesta? ¿O simplemente se decidió empaquetar con el sello de “inteligencia artificial” un problema que sigue sin solución a la vista?
Las redes hicieron la lectura más cruda: no faltaba tecnología, faltaba mirar la calle
La reacción en redes sociales fue inmediata y feroz, porque tocó una fibra demasiado sensible para cualquier tucumano que maneje, camine o circule por la capital. “Es una joda, ¿cierto?”, escribió una usuaria. Otro resumió la sensación general con una frase demoledora: “No hace falta, hay mínimo uno por cuadra en todo SMT”. También aparecieron comentarios que mezclaron burla y hartazgo: “Será más fácil que detecte las calles sin baches”, “¿y los que ya no son baches y pasaron a ser cráteres también los detecta?”, “mandalo por la avenida República del Líbano y se funde” y “si me llamaban a mí, los llevaba por todos”.
Hubo también mensajes que fueron más allá del sarcasmo y apuntaron al corazón del problema: “No hace falta, tan solo recorrer la ciudad ya sabés adónde están, por todos lados”, “habría que crear otra aplicación para detectar adónde andan los operarios de bacheo” y “ahora viene InundaIA en la próxima versión”. La picardía tucumana hizo lo suyo, sí, pero detrás de cada chicana aparece una verdad incómoda: el anuncio cayó peor de lo que podía imaginar el Municipio porque la ciudad real desmintió, en segundos, el tono celebratorio de la presentación.
Cuando una gestión necesita vender como hito tecnológico la posibilidad de ubicar pozos que los vecinos esquivan desde hace meses, el problema ya no es el bache: es la distancia entre el relato oficial y el asfalto roto. Y cuando, además, esa supuesta novedad aparece después de que ya circulara una propuesta ciudadana para mapear colectivamente el abandono, la escena queda todavía más deslucida.
BachIA podrá clasificar niveles de riesgo, ordenar mapas y producir informes. Pero el diagnóstico social ya estaba hecho sin cámaras, sin algoritmos y sin conferencias. San Miguel de Tucumán no necesitaba una inteligencia artificial para enterarse de que está llena de baches. Necesitaba que su Municipalidad dejara de actuar como si recién ahora lo hubiera descubierto.
