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El juego, la Caja y Cisneros: una denuncia que exige respuestas urgentes

La denuncia periodística sobre Carlos Cisneros no puede leerse como una disputa más dentro del peronismo tucumano. Lo que aparece en el centro es mucho más serio: un diputado nacional, dirigente histórico de La Bancaria y hombre con influencia sobre la Caja Popular de Ahorros, señalado por una presunta participación directa o indirecta en el negocio del juego y las apuestas en Tucumán.

Según la investigación publicada, Cisneros habría admitido al aire que recomendó a José César Díaz para conducir la Caja Popular y que transmitió criterios sobre qué plataformas de apuestas debían operar en la provincia. El dato es explosivo porque la Caja es el organismo estatal que regula, autoriza y administra el monopolio del juego en Tucumán. Si quien influye en las decisiones del regulador tiene, además, intereses empresarios vinculados al mismo rubro, el problema deja de ser político y pasa a ser institucional.

La Caja Popular no puede funcionar como una mesa de reparto

El primer punto que exige una explicación pública es el rol de la Caja Popular. En Tucumán, el juego no es un negocio privado cualquiera: depende de autorizaciones estatales, permisos, reglamentos y controles. Por eso, cada decisión sobre plataformas, apuestas deportivas, tragamonedas o comercialización del Hipódromo debe estar blindada de intereses personales, familiares, gremiales o políticos.

La denuncia apunta justamente al corazón de ese sistema. No sólo habla de plataformas autorizadas, sino de un mecanismo de decisión donde los criterios no surgirían de concursos transparentes, auditorías públicas o procesos competitivos, sino de acuerdos políticos y recomendaciones personales.

Ese esquema, de confirmarse, sería gravísimo. Porque la Caja Popular no es una empresa de amigos ni una caja paralela del poder. Es un organismo del Estado. Y cuando el Estado entrega permisos para explotar apuestas, la ciudadanía tiene derecho a saber quién gana, cuánto gana, bajo qué condiciones y quién controla.

Una empresa propia y el negocio del Hipódromo

La investigación también señala la existencia de Emprendimientos Argentinos SAS, una sociedad vinculada a Cisneros que tendría entre sus facultades la comercialización de juegos del Hipódromo de Tucumán mediante agentes o permisionarios autorizados por la Caja Popular.

Ese dato es el más delicado de todos. Porque coloca en el mismo tablero tres piezas que jamás deberían mezclarse: poder político, influencia sobre el organismo regulador y una sociedad privada con objeto ligado al negocio regulado.

No hace falta una condena judicial para advertir la gravedad del cuadro. Alcanza con una pregunta básica: ¿puede una persona con capacidad de incidencia sobre la Caja Popular tener una empresa con intereses en el negocio que la propia Caja autoriza?

La respuesta institucional debería ser contundente. No alcanza con desmentidas generales, ataques al medio que publicó la investigación o explicaciones partidarias. Hacen falta documentos, contratos, estatutos, permisos, resoluciones administrativas, balances, declaraciones juradas y auditorías. Todo debe estar sobre la mesa.

El silencio también compromete al poder político

La denuncia no interpela solamente a Cisneros. También obliga a responder al Gobierno, a la Legislatura, al Tribunal de Cuentas, a la Justicia, a la Caja Popular y a todos los dirigentes que durante años convivieron con este sistema.

Porque si el negocio de las apuestas se expandió bajo autorizaciones estatales, alguien firmó. Si hubo plataformas habilitadas, alguien las aprobó. Si hubo empresas beneficiadas, alguien las controló. Y si existieron vínculos cruzados entre política, gremialismo, juego y patrimonio, alguien debió advertirlos antes.

El punto central es institucional: Tucumán no puede naturalizar que el juego, una de las actividades más sensibles por su impacto económico y social, funcione en una zona gris. Menos aún en un contexto de preocupación creciente por la ludopatía, especialmente entre jóvenes y adolescentes.

La denuncia periodística abre una puerta que ya no puede cerrarse con silencio. Si lo publicado es falso, Cisneros y los organismos involucrados deben demostrarlo con documentación. Si es cierto, el caso puede convertirse en uno de los escándalos más graves de los últimos años en la provincia.

El negocio de las apuestas mueve millones, captura consumidores vulnerables y depende de permisos públicos. Por eso, cualquier sospecha de incompatibilidad, tráfico de influencias o beneficio privado desde una posición de poder debe investigarse hasta el final.

En Tucumán, el problema no es sólo quién apuesta. El problema es quién reparte el juego.

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