En apenas unos días, Tucumán volvió a quedar atrapada en una escena demasiado conocida. Primero fueron los anegamientos en la Capital, con calles convertidas en espejos de agua y serias dificultades para circular. Después llegaron los desbordes, las familias afectadas, las clases suspendidas y los cortes de rutas en el sur y el este provincial. Este lunes, Monteagudo y distintas zonas de Leales volvieron a quedar comprometidas por el avance del agua, con interrupciones de tránsito y asistencia a vecinos en barrios y comunas rurales.
La postal ya no sorprende: cambia el punto del mapa, pero el problema es el mismo. Cuando llueve con intensidad, Tucumán se paraliza. Lo que ocurrió en Monteagudo no es un episodio aislado, sino otro capítulo de una temporada marcada por precipitaciones persistentes, alertas meteorológicas y una infraestructura que vuelve a mostrar sus límites cada vez que el agua cae durante algunas horas seguidas.
La Capital, empantanada en un problema crónico
Pero mientras el interior suma emergencia tras emergencia, en San Miguel de Tucumán la situación también sigue siendo alarmante. Alcanzó una tormenta fuerte la semana pasada para que avenidas y esquinas centrales quedaran otra vez bajo agua. Peatones atrapados, vehículos obligados a frenar o desviarse y una ciudad que, ante cada lluvia importante, pierde movilidad y normalidad.
Lo más grave es que no se trata de un diagnóstico nuevo. El propio municipio reconoció en 2025 la existencia de 31 puntos críticos por anegamientos en la Capital. A eso se suma un diagnóstico técnico que advierte falencias estructurales en la red de desagües pluviales y una realidad que especialistas vienen repitiendo desde hace tiempo: gran parte del sistema es viejo, insuficiente y fue superado hace décadas por el crecimiento urbano. En otras palabras, no es sólo la tormenta: es una ciudad que sigue sin estar preparada para absorberla.
Rossana Chahla, entre anuncios y una solución que no aparece
La gestión de Rossana Chahla podrá argumentar que hay planes, estudios, relevamientos y obras proyectadas. De hecho, el municipio presentó un plan de contingencia, anunció intervenciones en la zona del Canal Sur y prometió trabajos para mejorar el escurrimiento en sectores críticos. También hubo funcionarios que hablaron de ensanchar canales y acelerar la evacuación del agua.
Sin embargo, hasta aquí la evidencia muestra que la respuesta sigue siendo insuficiente frente a un problema estructural. Porque mientras los anuncios se acumulan, la ciudad continúa reaccionando tarde y mal cada vez que llueve. La distancia entre lo prometido y lo que efectivamente percibe el vecino sigue siendo demasiado grande. Y esa es, justamente, la principal crítica que hoy recae sobre la administración municipal: después de meses de diagnósticos, reuniones y anuncios, la Capital todavía no tiene una solución de fondo para un drama que se repite una y otra vez.
El panorama, además, no invita al alivio. Los pronósticos anticipan más lluvias para esta semana y un trimestre con precipitaciones por encima de lo habitual. Es decir, el problema no se terminó: recién empieza. Y si no aparecen obras concretas y respuestas estructurales, la gestión de Chahla corre el riesgo de quedar asociada a una escena cada vez más habitual y más costosa políticamente: la de una ciudad que, cuando llueve, vuelve a quedar intransitable.
