Juan Manzur y Pablo Yedlin volvieron a mostrarse juntos, esta vez en el Senado de la Nación, en una actividad compartida con el santiagueño José Neder y con un discurso enfocado en la crisis de las economías regionales del Norte Grande. La foto no fue casual: apareció en medio de un reacomodamiento del peronismo tucumano y con el exgobernador decidido a recuperar centralidad política.
Yedlin fue el encargado de verbalizar el posicionamiento. Habló de desarrollo, de producción regional, de empleo y apuntó contra el Gobierno nacional de Javier Milei. También cuestionó al jefe de Gabinete, Manuel Adorni, a quien acusó de haber perdido credibilidad. Pero más allá del contenido institucional, el gesto tuvo una lectura interna inevitable: Manzur está activo, Yedlin lo acompaña y el espacio busca volver a marcar presencia.
La escena llega después de otras apariciones del senador, que en los últimos días recorrió La Cocha y mantuvo reuniones en Yerba Buena con dirigentes de su confianza. En el jaldismo, esos movimientos son leídos como parte de una estrategia de acumulación hacia 2027.
Cisneros, la pieza que puede cerrar el triángulo opositor interno
La gran pregunta dentro del PJ tucumano es si Carlos Cisneros terminará de acoplarse formalmente a ese armado. El diputado nacional comparte con Manzur y Yedlin una ubicación incómoda dentro del esquema de poder que hoy conduce Osvaldo Jaldo. Los tres quedaron, en distintos grados, lejos de la mesa chica que ordena el oficialismo provincial.
Cisneros ya viene marcando diferencias con la conducción jaldista y conserva peso territorial, estructura sindical y llegada mediática. Su eventual incorporación no sería menor: podría transformar las apariciones de Manzur y Yedlin en algo más que gestos aislados y darle volumen político a un polo interno con capacidad de incomodar al gobernador.
Por ahora, nadie blanquea una ruptura abierta. La prudencia sigue siendo parte del libreto. Sin embargo, la lógica de los movimientos indica que el manzurismo necesita sumar músculo y que Cisneros aparece como el socio natural para esa construcción. No necesariamente para romper hoy, pero sí para condicionar el tablero de mañana.
Chahla, entre la gestión municipal y la sospecha de traición
El caso de Rossana Chahla es más delicado. La intendenta de San Miguel de Tucumán llegó a la Capital empujada por una construcción en la que Manzur y los Yedlin tuvieron protagonismo. Antes fue ministra de Salud durante la gestión manzurista, luego diputada nacional y finalmente candidata a intendenta en el armado peronista que recuperó la ciudad.
Pero hoy su vínculo político parece estar más cerca de Jaldo que de sus antiguos padrinos. Esa foto es la que enoja al manzurismo. En ese sector la miran con recelo y, en voz baja, la definen como una dirigente que eligió preservar su gestión antes que sostener lealtades de origen.
La palabra “traición” sobrevuela, aunque nadie la pronuncie públicamente con nombre y apellido. Para Manzur y Yedlin, Chahla representa una pérdida sensible: no sólo por su peso electoral en la Capital, sino porque su alineamiento con la Casa de Gobierno debilita cualquier intento de construir una alternativa interna fuerte.
Chahla, mientras tanto, parece decidida a jugar otro partido. Su prioridad es la Municipalidad, la obra pública, la relación institucional con la Provincia y la administración diaria de una ciudad compleja. En términos políticos, eso la empuja a mantener sintonía con Jaldo. Y en el peronismo tucumano, donde las lealtades se miden tanto por las fotos como por los silencios, ese movimiento ya fue anotado en la libreta de facturas pendientes.
