La Municipalidad de San Miguel de Tucumán presentó su incorporación al Fondo de Juventud y Acción Climática como una señal de modernización ambiental. La iniciativa permitirá financiar proyectos impulsados por jóvenes de entre 15 y 24 años, con un fondo de USD 50.000 destinado a propuestas vinculadas al clima y al ambiente.
La noticia, en sí misma, puede ser positiva. El problema aparece cuando esa foto internacional se exhibe como si fuera una política climática de fondo, en una ciudad que todavía convive con problemas básicos: residuos acumulados, microbasurales, canales saturados, inundaciones, transporte contaminante, quemas y falta de infraestructura pluvial.
En otras palabras, la gestión de Rossana Chahla consiguió una vidriera verde. Pero San Miguel de Tucumán sigue esperando respuestas estructurales.
Una postal internacional frente a problemas básicos
El programa anunciado por el municipio puede servir para promover participación juvenil y financiar experiencias ambientales de pequeña escala. Sin embargo, los montos previstos —entre USD 1.000 y USD 5.000 por proyecto— difícilmente puedan modificar los problemas profundos que afectan a la capital tucumana.
La ciudad no necesita menos jóvenes comprometidos con el ambiente. Necesita, sobre todo, que esa participación no sea utilizada como una postal amable para disimular déficits de gestión.
Si el municipio pretende mostrar el fondo como ejemplo de transparencia y compromiso climático, debería publicar con claridad el convenio, el origen exacto de los recursos, los criterios de selección, el jurado, los proyectos elegidos, los montos asignados y los mecanismos de rendición.
Porque una política ambiental seria no se mide por la foto del lanzamiento, sino por su capacidad de transformar la vida cotidiana de los vecinos.
Basura, canales e inundaciones: la ciudad que no entra en la foto
Mientras la Municipalidad celebra su ingreso a una red internacional de ciudades climáticas, San Miguel de Tucumán arrastra una deuda ambiental evidente: la basura. El propio Plan GIRSU municipal reconoce que la gestión de residuos sólidos urbanos es uno de los principales problemas ambientales, sanitarios, sociales y económicos de la ciudad.
La capital genera unas 600 toneladas diarias de residuos, con picos de hasta 750 toneladas los lunes. A eso se suma la existencia de microbasurales en distintos puntos del Gran San Miguel de Tucumán, que forman parte de un paisaje cotidiano para miles de vecinos.
El problema no termina ahí. La Municipalidad también reconoció la necesidad de limpiar 24 canales y más de 2.600 imbornales antes de la temporada de lluvias. Además, funcionarios municipales admitieron que hay sectores asentados en zonas inundables y que desde hace más de 50 años no se ejecutan obras pluviales estructurales de fondo.
Hablar de acción climática sin resolver el drenaje urbano es convertir el cambio climático en un eslogan. Cada lluvia intensa vuelve a mostrar la misma postal: calles anegadas, canales colmatados, basura arrastrada por el agua y barrios que esperan respuestas mucho después de que se apagan los discursos oficiales.
El límite del ambientalismo de bajo costo
El Fondo de Juventud y Acción Climática puede ser una herramienta útil. Puede acercar a los jóvenes a la gestión pública, financiar ideas barriales y promover conciencia ambiental. Pero también puede convertirse en algo más cómodo para cualquier gobierno: una política de bajo costo, con alta rentabilidad comunicacional.
La agenda climática de San Miguel de Tucumán no puede reducirse a talleres, convocatorias o microproyectos. Debe discutir residuos, transporte, emisiones, arbolado urbano, control de quemas, saneamiento, infraestructura pluvial y planificación territorial.
La propia Municipalidad elaboró un inventario de gases de efecto invernadero que ubicó al transporte como uno de los principales sectores emisores. Ese dato obliga a pensar una política de movilidad urbana más profunda. Lo mismo ocurre con la contaminación del aire durante la zafra, las quemas y el deterioro ambiental que afecta a distintos sectores de la provincia.
Chahla puede mostrar diagnósticos, censos, inventarios y programas internacionales. Pero diagnosticar no es transformar. Medir no es resolver. Anunciar fondos no equivale a ejecutar una política ambiental de fondo.
La capital tucumana necesita saber cuánto presupuesto propio destinará el municipio al área ambiental, qué obras pluviales serán prioritarias, cómo se reducirá la presencia de microbasurales, qué plan existe para mejorar la gestión de residuos, cómo se abordará el transporte contaminante y qué metas medibles asumirá la gestión.
El cambio climático no se combate solamente con hashtags, convocatorias y fotos de lanzamiento. En San Miguel de Tucumán se mide en lugares menos prolijos: en los canales antes de la lluvia, en los barrios con basura acumulada, en el aire durante la zafra, en el transporte que contamina y en cada microbasural que sigue en pie después del acto.
El fondo internacional puede ser una buena herramienta. Pero si la Municipalidad lo usa como prueba de compromiso ambiental mientras los problemas estructurales siguen intactos, entonces no estamos frente a una transformación climática. Estamos frente a una postal verde para una ciudad que todavía espera soluciones de fondo.
