La adhesión de Germán Alfaro al régimen de Inocencia Fiscal abrió un nuevo frente de controversia en Tucumán. Lo que en términos administrativos podría presentarse como una decisión tributaria personal, en el tablero político local tomó otra dimensión: se trata de un exintendente de la Capital, con años de exposición pública, denuncias cruzadas y un reciente acercamiento al oficialismo provincial.
La discusión no pasa sólo por la legalidad del mecanismo, sino por el impacto político de usarlo. El régimen fue presentado por el Gobierno nacional como una herramienta para simplificar declaraciones y ordenar la situación fiscal de contribuyentes. Pero cuando quienes se acogen son figuras públicas, la lectura cambia: aparecen las preguntas sobre patrimonio, transparencia y coherencia discursiva.
En el caso de Alfaro, la polémica se potencia porque su trayectoria estuvo marcada por fuertes discursos contra sus adversarios, denuncias de corrupción y una permanente búsqueda de posicionarse como una alternativa moral frente al peronismo tradicional. Ahora, sus críticos le devuelven esa vara.
La sombra de Adorni y el costo de quedar asociado al “blindaje”
La comparación con Manuel Adorni no tardó en aparecer. El jefe de Gabinete nacional también quedó envuelto en cuestionamientos por su situación patrimonial y por su adhesión al mismo esquema. En Tucumán, esa referencia funciona como munición política: instalar la idea de un “Adorni tucumano” busca ubicar a Alfaro en el mismo lugar incómodo, el de un dirigente que apela a una herramienta fiscal mientras enfrenta interrogantes públicos.
La adhesión al régimen no equivale, por sí misma, a admitir una irregularidad. Pero políticamente abre una puerta difícil de cerrar. En una provincia donde la discusión sobre el uso de fondos públicos, las gestiones municipales y las declaraciones juradas suele convertirse en arma electoral, el gesto de Alfaro deja margen para múltiples interpretaciones.
Sus adversarios apuntan a una contradicción central: quien durante años cuestionó al oficialismo y se presentó como fiscalizador del poder ahora queda obligado a explicar por qué necesita acogerse a un régimen que muchos asocian con un “tapón fiscal” o con una forma de evitar revisiones hacia atrás.
Jaldo, Chahla y una interna que vuelve a encenderse
La polémica también impacta en el reordenamiento político tucumano. Alfaro viene de acercarse al espacio de Osvaldo Jaldo, una jugada que generó ruido tanto en sectores opositores como dentro del propio oficialismo. Su eventual incorporación plena al armado provincial ya era resistida por dirigentes que no olvidan los años de enfrentamiento con el peronismo capitalino.
Para el exintendente, el desafío es doble: explicar la adhesión sin quedar atrapado en la sospecha y sostener su rol político sin que esta controversia erosione su acercamiento al jaldismo. Porque en Tucumán, los movimientos fiscales rara vez quedan en el plano técnico. Cuando involucran a dirigentes con historia, estructura y ambiciones, se convierten rápidamente en una batalla por credibilidad.
