El presidente Javier Milei invitó a un grupo de mandatarios provinciales a integrar la comitiva que viajará a Estados Unidos para participar de la Argentina Week, un encuentro previsto en Nueva York entre el 9 y el 12 de marzo y orientado a la búsqueda de inversiones.
La convocatoria, articulada a través de Cancillería y la representación argentina en Washington, reunió a gobernadores de distintos signos que en el Congreso vienen jugando un rol clave para sostener proyectos del Ejecutivo nacional. En esa lista figuró Tucumán: Osvaldo Jaldo recibió el llamado, agradeció, pero finalmente declinó.
La explicación formal: paritarias abiertas y una agenda “sin margen”
La respuesta oficial fue directa: “razones de agenda”. En concreto, en el entorno del gobernador argumentan que el tramo decisivo de las negociaciones salariales con los gremios estatales (en especial, el frente docente) coincide con las fechas del viaje, y que ausentarse en ese momento podría tensar aún más el clima interno.
En paralelo, la Casa de Gobierno viene atravesando semanas de presión por la situación económica local, con alerta en sectores productivos y discusión permanente por recursos. En ese cuadro, el mensaje hacia adentro fue nítido: prioridad total a la gestión cotidiana y a la gobernabilidad provincial.
De fondo, una lectura política: “si te vas, te ocupan el lugar”
Más allá del argumento administrativo, en la política tucumana se leyó otra capa: con el peronismo revuelto —entre reacomodamientos nacionales, pases de factura por las votaciones en el Congreso y disputas soterradas por el control territorial— Jaldo eligió no dejar la provincia en manos de terceros ni regalarle días de centralidad a potenciales socios, rivales o aliados circunstanciales.
El viaje con Milei podía interpretarse como una foto útil para la Nación, pero incómoda puertas adentro del PJ. Y, al mismo tiempo, su ausencia de Tucumán abría una ventana para que se reordenen internas, se aceleren roscas y se multipliquen operaciones. En un año que asoma cargado de tironeos, la decisión del gobernador pareció responder a una lógica simple: con el partido convulsionado, mejor no perder de vista la botonera del poder local.
