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En la Capital también hubo inundados, pero el drama quedó a media luz y Chahla eligió esconderse

La angustia empieza apenas se cruza la puerta de la casa de Griselda Tapia, en el barrio 2 de Abril, sobre Jujuy al 4.000. Tiene 49 años, la mirada agotada y una escena repetida en la memoria de cada tormenta fuerte: un haragán, un balde y la noche entera peleando contra el agua. Más de media vivienda seguía anegada cuando contó lo que le había tocado vivir. “El agua empezó a entrar de golpe, muy rápido. Traté de levantar del piso todo lo que pude”, relató. Su miedo más grande no fue por las cosas, sino por su hijo de 17 años, que tiene una discapacidad y sufre epilepsia. Con bloques de ladrillo improvisó una base para elevar una cama y subirlo allí mientras el agua seguía creciendo.

En el fondo de la casa se mojó casi todo: ropa, muebles, colchones. Y en la calle, la escena era todavía más cruda. Los vecinos del 2 de Abril dicen que cuando salieron, el agua les cubría las piernas enteras. Era la hora en la que los chicos salían de la escuela, que también estaba anegada, y la desesperación se mezcló con la lluvia. Soledad Herrera volvía en moto por Jujuy cuando recibió el llamado que la dejó helada: su hija de 11 años estaba sola en la casa y el agua ya le llegaba a los tobillos. No pudo seguir. “La Jujuy era un río”, resumió. Dejó la moto en la vivienda de un hombre que se ofreció a guardársela y caminó 20 cuadras en medio de la tormenta, con el agua hasta la cintura en algunos tramos. Sus otras tres hijas no pudieron volver de la escuela y quedaron al resguardo en la casa de una compañera.

En los barrios del sur capitalino no hubo una excepción: hubo un patrón

La misma postal se repite en Nueva Esperanza, en Ayacucho al 4.500, y en otros puntos del sur de San Miguel de Tucumán. Ropa empapada, heladeras y muebles levantados a las apuradas, colchones húmedos, electrodomésticos probablemente arruinados y una marca en la pared que deja el nivel del agua como un recordatorio brutal. Walter González mostró su comedor convertido en refugio improvisado, con colchones sobre la mesa para que no se mojen. “Mi casa es un desastre”, dijo, después de pasar la noche sin dormir, sacando agua con una bomba y tratando de reorganizar a su familia. A dos de sus hijos los tuvo que llevar con la abuela.

A pocos metros, Walter Antonio Ibáñez y su esposa, Sara, seguían sacando a baldazos unos 40 centímetros de agua dentro y fuera de la casa. Calculaban al menos tres días de trabajo para recuperar una mínima normalidad, siempre que no volviera a llover. En una de las paredes, la inundación había dejado una marca de casi un metro. No era un accidente aislado ni una fatalidad irrepetible. “Es la quinta vez que se inunda”, dijo él. Antes, Mónica había contado algo parecido: hace 10 años otra tormenta le arrasó los muebles, los electrodomésticos y la ropa, y ahora volvió a sentir que estaba empezando de cero.

Ese es el dato político de fondo que más incomoda: en la Capital también hubo inundados, también hubo familias que perdieron bienes y también hubo barrios enteros a la deriva, pero la conversación pública quedó absorbida casi por completo por el drama del sur provincial. Sin embargo, hasta la propia Municipalidad reconoció que desplegó más de 100 operarios y operativos especiales en varios sectores capitalinos, entre ellos 2 de Abril, Nueva Esperanza, Ampliación Alejandro Heredia, 360 Viviendas, Policial 4, San Ramón Nonato, Crucero Belgrano y Costanera. Si hizo falta semejante despliegue, entonces no se trató de un problema menor ni de unos pocos anegamientos pasajeros.

Chahla eligió la oficina

En ese marco, la figura de Rossana Chahla quedó envuelta en una ausencia relativa que en los barrios no pasó inadvertida. No desapareció por completo: hubo comunicaciones oficiales, una decisión pública de adherir a la suspensión de clases y reuniones del Comité de Emergencia Municipal. Pero en una intendenta que hizo de la exposición y de las redes una marca de gestión, el contraste saltó a la vista. Esta vez la imagen dominante no fue la de una jefa municipal metida de lleno en las calles más castigadas, sino la de una conducción desde la oficina, el COEM y el despliegue de funcionarios y cuadrillas. Lleva diez días, desde el comienzo de las clases el 3 de marzo sin tiktokear, algo que le fascina.

Ese detalle no es menor. Porque cuando el agua entra a las casas por tercera, cuarta o quinta vez, la política ya no se mide sólo por la cantidad de operarios o por los comunicados oficiales, sino por la capacidad de dar la cara donde están el barro, los colchones mojados y los vecinos que sienten que siempre les toca empezar de nuevo. En los barrios castigados de la Capital, muchos perciben que el temporal dejó al descubierto algo más profundo: una ciudad donde las inundaciones siguen repitiéndose en los mismos lugares y una gestión que, frente a esta crisis, eligió un tono más administrado que presencial.

Quizás cuando el agua baje y la emergencia pierda intensidad, Chahla recupere el centro de la escena y vuelva a mostrarse con el estilo que la caracteriza. Pero en estas horas duras, en las que Griselda levantaba la cama de su hijo con ladrillos y Soledad caminaba 20 cuadras con el agua hasta la cintura para rescatar a su hija, la sensación en el sur de la Capital fue otra: que el drama existió, que fue grave, y que quedó bastante más minimizado de lo que merecía.

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