Tucumán no amaneció después del temporal: despertó en duelo. En pocas horas, la provincia quedó atravesada por tres muertes que no pueden leerse como hechos aislados. Mariano Robles y Solana Albornoz, una pareja joven, fueron hallados sin vida dentro del auto en el que habían quedado atrapados cuando intentaban volver a su casa después de un casamiento. Antes, la tragedia ya había golpeado con la muerte de Lisandro, un chico de 12 años, electrocutado en medio de una calle anegada de la capital.
Lo que duele no es sólo la magnitud del desastre, sino la forma en que llegó. Mariano y Solana no estaban haciendo una imprudencia temeraria ni desafiando un río por deporte: estaban esperando que bajara el agua para regresar con sus hijos, que habían quedado al cuidado de una niñera. Lisandro no buscaba otra cosa que jugar donde el barrio entero ya estaba tapado por el agua. En ambos casos, la muerte apareció donde el Estado debió haber prevenido, señalizado, controlado y protegido.
La pareja que se salvó expuso todo lo que falló
Como si la tragedia necesitara una prueba todavía más brutal, otra pareja que había asistido al mismo salón salió apenas 20 minutos después que Mariano y Solana y atravesó una escena casi idéntica. También siguieron el GPS. También tomaron el mismo camino. También quedaron a merced de la correntada. La diferencia fue apenas un milagro: lograron sobrevivir.
El testimonio de esa mujer es demoledor porque desarma cualquier intento de reducir lo ocurrido a una fatalidad inevitable. Dijo que desde el salón nadie les advirtió por dónde no debían salir. Contó que intentaron retroceder cuando vieron el peligro, pero ya era tarde. Relató que su marido fue arrastrado por el agua y que ella llamó al 911 sin obtener respuesta. En ese relato hay más que desesperación: hay una cadena de ausencias. No hubo advertencia clara, no hubo camino seguro, no hubo respuesta inmediata. Cuando una sobreviviente tiene que explicar que lo suyo fue “una desgracia con mucha suerte”, lo que queda expuesto no es sólo el temporal, sino la precariedad con la que se administra el riesgo.
Cuando llegan el barro y la muerte, las intendentas de la selfie se borran
Y ahí aparece el otro costado de esta historia. Porque mientras los vecinos cuentan muertos, buscan explicaciones y entierran a sus hijos, la política tucumana vuelve a mostrar una cobardía conocida: la sobreactuación en los días fáciles y el repliegue en las horas difíciles. Rossana Chahla y Alejandra Rodríguez, siempre tan disponibles para la foto, el reel, la recorrida editada y la narrativa de gestión, quedaron corridas del centro justo cuando más hacía falta una voz política firme, visible y responsable.
El contraste es demasiado obsceno para no decirlo. En la previa del temporal, la agenda pública todavía mostraba puestas en escena amables, recorridos institucionales y publicaciones de gestión. Pero cuando el agua arrastró autos, cuando un chico murió electrocutado y cuando una pareja joven quedó sepultada por la desidia, las voces que ordenaron el drama fueron las de los vecinos, los sobrevivientes, los rescatistas y las familias. No las de las jefas municipales que suelen dominar las redes como si gobernar fuera una cuestión de algoritmo.
Tucumán no necesita funcionarias mediáticas para los días de sol. Necesita conducción cuando el agua sube, cuando la ciudad se vuelve trampa, cuando un poste mata, cuando un camino queda convertido en río. Después de tres muertes, esconderse también es una forma de gobernar. Y quizá la peor: la de quienes aparecen para capitalizar la gestión, pero se esfuman cuando llega la hora de hacerse cargo.
