Lisandro tenía 12 años. Murió en calle Jujuy, en Villa Angelina, en medio del temporal. Los testimonios de los vecinos hablan de agua acumulada, de una luz azul sobre el agua y de un poste electrificado. La pericia deberá establecer con precisión si la descarga provino del poste o de otra instalación cercana. Pero políticamente hay algo que ya no admite discusión: la Municipalidad de San Miguel de Tucumán no puede correrse de escena como si esto fuera apenas una desgracia más del clima.
Porque cuando una ciudad se inunda, queda a oscuras y se vuelve un riesgo para cualquiera que camina por la calle, no alcanza con el comunicado sensible ni con el operativo posterior. Ahí empieza la responsabilidad del municipio. Y en este caso, también la de Rossana Chahla.
El alumbrado público es una obligación municipal, no una zona gris
La gestión capitalina quiso hacer del alumbrado una bandera propia. Lo mostró en anuncios, recorridas, balances y gacetillas. Entonces ahora tampoco puede mirar para otro lado. Si el problema estuvo vinculado al alumbrado urbano, la responsabilidad no es abstracta: es municipal.
Lo más duro de esta historia es que no ocurrió en una ciudad sorprendida por un fenómeno excepcional, sino en una capital que hace meses viene mostrando los mismos síntomas: calles anegadas, servicios exigidos al límite, barrios castigados por cada tormenta y funcionarios que llegan después, cuando ya pasó lo peor. La tragedia de Lisandro golpea ahí, en ese punto exacto donde el relato del control choca de frente con una ciudad descontrolada.
El área tiene nombre y apellido, y la distancia también
El funcionario que aparece públicamente al frente del área es Sergio Gao, director de Alumbrado y Semáforos del municipio. Es decir: no falta firma, no falta cargo y no falta estructura. Lo que falta, otra vez, es respuesta suficiente antes del desastre.
Y hay un dato político que también incomoda: según la información visible en su perfil público, Gao vive en Yerba Buena y no en San Miguel de Tucumán. No es un pecado vivir afuera. Pero sí retrata una lógica de gestión cada vez más irritante para el vecino de la capital: funcionarios que administran los problemas de todos los días sin padecer del todo la ciudad que gobiernan. Y no parece un caso aislado.
Rossana Chahla deberá decidir ahora qué hace con este espejo. Porque ya no se trata de una plaza inaugurada, de una exposición en un foro o de un discurso sobre modernización. Se trata de un chico muerto en una calle de la capital. Y cuando lo básico falla de esta manera, la responsabilidad política no se esquiva con palabras lindas ni con una foto de gestión.
